25 sept. 2013

Una cateta en Canadá (Día 4)

Desperté por primera vez a las tres y diez de la madrugada. Vamos mejorando poco a poco. La segunda vez eran las cinco y cuarto. A las seis menos cuarto di por finalizada la noche.
Estuve trabajando un rato para WISTA, contestando a los millones de mensajes que llegan estos días porque la semana que viene tenemos la conferencia internacional en Montreal.
A las ocho de la mañana, arreglada y desayunada, salí a hacer turismo. No son horas de hacer turismo porque no hay nada abierto para turistas, pero bueno.
8ºC. La sensación de frío era menor hoy, o será que yo caminaba por la calle deprisa, siguiendo el ejemplo de los cientos de trabajadores que salían como hormigas de la estación de tren para llenar los rascacielos de cristal de la zona. Me encanta la gente de Toronto. Son todos extraordinariamente amables y sonrientes. Van con prisa pero no empujan, te dan las gracias cuando les cedes el paso y no llevan cara de cabreo. Lo mismo pasa con los coches. La circulación es densa pero ordenada. Nadie toca el claxon. Circulan despacio, respetan los pasos cebra, y cuando van a tomar una curva lo hacen con cuidado, como si temieran pisar los pies de los peatones.
Se dice que Toronto es la ciudad más cosmopolita del mundo. En ella están representadas todas las etnias. Es cierto que ves todo tipo de caras por la calle. Predominan los orientales, pero no orientales en chanclas, son orientales de zapato y calcetín negros.
Hoy decidí no usar el transporte público para visitar Toronto. Las distancias son largas pero no tanto como para no poder hacer los recorridos andando. Como hay poco que ver, me daba tiempo perfectamente. Además, hizo un día espléndido para pasear.
Lo primero fue la zona de ocio y los embarcaderos junto al lago Ontario. Al ser tan temprano no había casi nadie por allí. Accedí pasando por el estadio Rogers Centre, sede de los equipos locales de fútbol americano y de baseball. La particularidad del estadio es que tiene un tejado retráctil. Hoy estaba totalmente cerrado. Junto al estadio se encuentra la torre CN, símbolo de la ciudad.
Desde el borde del lago disfruté de la panorámica de la ciudad. Están construyendo montones de edificios enormes de cristal, tanto para viviendas como para oficinas. Ninguno tiene paredes de ladrillo, sólo cristal. Eso demuestra que en invierno deben de tener poca luz. Me pregunto de dónde van a sacar toda la gente que hace falta para llenar tanto edificio. Espero que no les explote la burbuja en la cara como a nosotros.

Me senté un momento a disfrutar de la vista y del sol. Frente a Toronto hay un pequeño grupo de islas con vegetación muy frondosa y muy pocas viviendas. En una de ellas hay un pequeño aeropuerto del que no paraban de despegar aviones de estos que llevan las hélices por fuera.
Volví sobre mis pasos hasta la torre CN. Aunque en principio no tenía pensado subir, decidí que una vez aquí no podía dejar pasar la oportunidad de ver Torontontero desde arriba.
Los ascensores se desplazan a una velocidad de 22 km/hora. La pared exterior es de cristal, así que vas viendo cómo te alejas del suelo. Subir fue guay, pero bajar dio un poco de mal rollo.
El mirador principal está a 346 m de altura. Hay otro más arriba pero no vi la necesidad de pagar los 12 dólares adicionales para ver lo mismo desde 447 m. Hay un restaurante giratorio que tarda algo más de una hora en dar la vuelta completa.
Hay una zona del mirador donde el suelo es de cristal. Pisarlo fue al principio espeluznante, pero según iba cogiendo confianza me pareció una pasada ver el suelo desde allí.
Había una excursión de ancianos ancianísimos. Ninguno se atrevió a ponerse encima del cristal conmigo. Apareció de repente una viejecita muy encorvada empujando un andador. No se lo pensó dos veces. Empujó el aparato y se colocó a mi lado como si estuviera andando por el pasillo del geriátrico. No expresó ningún tipo de emoción. Los demás se partían de la risa. Imagino que, al ir mirando siempre para el suelo, lo de hoy habrá supuesto para ella un cambio interesante.

En los días de buena visibilidad como hoy es posible ver a más de cien kilómetros de distancia. Yo al lago no le encontré el final. A pesar de ser el más pequeño de los cinco, es enorme.
Al bajar del ascensor con los ojos casi salidos de las órbitas por la experiencia de la caída en picado, pasé a ver una película en tres dimensiones sobre aviones y a meterme en un simulador que imitaba una montaña rusa. Las tres experiencias seguidas me provocaron una curiosa sensación en el estómago que necesitó varias horas para colocarse en su sitio habitual.
Al salir del recinto de la torre, subí caminando por la calle John hasta llegar al parque Grange, donde las ardillas campaban a sus anchas sin que nadie se inmutara, excepto yo, que no paré de sacarles fotos como buena cateta que soy.
Un poco más arriba del parque giré a la izquierda para adentrarme en Chinatown, bastante limpia y llena de chinos. Cuando me encontré con una tienda donde vendían peces secos muertos metidos en bolsas de plástico transparentes, decidí dar por terminada la visita al barrio chino y volver a la zona occidental donde venden la comida como debe ser, sin hacer porquerías con ella.
Seguí caminando hacia el norte hasta llegar a Queen’s Park, donde está el bonito edificio del parlamento local. Justo antes de llegar allí se encuentran el hospital Monte Sinaí y otros centros sanitarios dedicados a tratar el cáncer.

En Queen’s Park también había ardillas. Esta vez puse cara de póker porque la gente de los alrededores tenía aspecto de culta. Por allí, aparte del parlamento y los hospitales, está la universidad, así que el público era de alto nivel.

Me senté un rato en el parque a ver jugar a las ardillas y a tomar el sol.

Reinicié la marcha buscando la calle Yonge, que es donde está mi hotel. Esta calle ostenta el record Guiness de la calle más larga del mundo, con 1896 Kms. Sale de Toronto hacia el norte y no tengo ni idea de dónde termina.

Entré en el hotel un momento a refrescarme y fui a St. Lawrence Market a comer. En la revista de Air Transat que leí en el avión, recomendaban un bocadillo de peameal que hacen en un restaurante dentro de ese mercado. Según indicaba, estaba hecho de carne de cerdo marinado.

El restaurante resultó ser un puesto de comida. El bocadillo venía envuelto en papel. Salí a comerlo a la terraza del mercado, donde había unas mesas de madera que todo el mundo compartía sin ningún problema. Al abrir el envoltorio del bocadillo me encontré con lo que viene siendo un bocata de lomo de cerdo adobado de toda la vida, con la única diferencia que éste tenía una especie de costra por encima.
El bocadillo era grande como para dar de comer a seis o siete familias, pero como estaba tan rico y yo tenía tanta hambre, desapareció sin dejar rastro.
Desde el mercado fui a visitar la catedral anglicana de St. James. Parece ser que no es necesario respetar un mínimo de silencio allí dentro porque la señora encargada del recinto hablaba a voz en grito con un par de turistas.
Siempre me han parecido curiosas las iglesias anglicanas. Recuerdo que en la época de estudiante en Inglaterra iba de vez en cuando a conciertos a una de estas iglesias. La gente tomaba el té con scones sentada en los bancos como si estuvieran en el salón de su casa mientras alguien tocaba el órgano o una soprano intentaba reventar las vidrieras.
Fui al mismo centro comercial donde estuve el primer día porque le tenía echado el ojo a varias cosas en Abercrombie y no quería marchar de Toronto sin comprármelas. Por cierto. aquí los empleados masculinos no van enseñando la tableta de chocolate. Todos llevaban la camisa puesta. Una lástima.  
Estudié con detenimiento el resto de las tiendas del centro comercial hasta que a las seis y cuarto me dio el bajonazo porque mi yo interior se dio cuenta de que eran las doce y cuarto de la noche. Lo he tenido engañado todo el día, así que no me puedo quejar.

Ya en el hotel me di una ducha y recogí las pocas cosas que tenía fuera de la maleta. Mañana continúa el viaje a otro destino.

Buenas noches desde Toronto.


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