24 jun. 2014

Una cateta en Nápoles (Día 2)

Desperté sin despertador a las seis y cuarto por culpa de la luz que se filtraba por las contraventanas. Me levanté, desayuné y salí del extraño hotel dejando las llaves encima de la mesa de mi habitación, tal y como había convenido ayer con la dueña.  Dormí estupendamente, como si estuviera en casa.
A las siete de la mañana había una actividad tremenda en el pueblo y en la estación de tren en particular. Utilizando las 23 palabras que conozco del idioma italiano adquirí un billete de ida y vuelta a Roma Termini. En estas 23 no incluyo los insultos, que conozco también unos cuantos gracias a dos hermanas de Monza que estudiaron conmigo en Inglaterra. Normalmente se hablaban en inglés para practicar, pero cuando se desataba tormenta, salían de aquellas bocas verdaderas barbaridades. Incluso una vez la mayor le dio una patada a la más joven y la llamó “móngola, espástica”.
A las siete y cinco subí a un tren como quien sube a la máquina del tiempo. Hace por lo menos 25 años que no he visto uno igual en España. Era un  artefacto con ventanas de guillotina opacas de tanta mierda y asientos de escay. Pasamos por debajo de un acueducto romano, de los de la época de Astérix. Tardamos diez minutos en llegar a Roma Termini, o al menos al mismísimo principio de Roma Termini porque tuvimos que andar otros diez minutos para llegar a la estación en sí. El edificio es de la época del Duce. Sólo le faltaban las banderolas fascistas. En Nápoles descubrí más tarde otros dos edificios de la época, la sede del Banco de Napoli y la oficina de correos. Son inconfundibles.
Como era muy temprano, di una vuelta por la enorme estación no sin antes tomar medidas preventivas porque había cantidad de sujetos sospechosos sin actividad aparente. Me asomé a la calle un momento para poder decir que estuve en Roma. Sin andar un solo paso vi tres iglesias, una de ellas con un Cristo en lo alto sospechosamente parecido al de los Jesuitas de Gijón. Espero que a Francisco no le ofenda que no haya ido a visitarlo. Ayer vi su casa cuando descendíamos hacia el aeropuerto.
Puedo decir que en este trozo de Roma que he visto hay muchas monjas y muchos militares.
Los trenes de alta velocidad se llaman Frecciarossa, Frecciabianca y Frecciargento. El mío era un Frecciarossa. Efectivamente, papá, los motores son Fiat. Estos trenes están mezclados con los regionales, sin ningún tipo de parafernalia especial para acceder a ellos. Ni siquiera me pidieron el billete a bordo de la carroza. No es coña. Los vagones se llaman “carrozza” en italiano. Tienen acceso a internet gratis y facilitan datos a tiempo real en su web.
Desde que llegué ayer me enteré perfectamente de lo que me decían en italiano y de todo lo que he ido oyendo por megafonía tanto en el aeropuerto como en las estaciones de Ciampino y Roma. En el momento en que me bajé del tren en Nápoles dejé de entender italiano completamente. Aquí hablan muy raro. El taxista que me llevó al hotel me habló un par de veces y tuvimos que acabar por señas porque el dialecto napolitano se me hace imposible. Se me ocurrió pestañear en el taxi y al abrir los ojos dudé si estaba en Europa. El tráfico era un verdadero infierno. Había motos por todos lados, coches pitando, gente atravesando calles de mala manera, calles sin aceras, calles cayéndose de viejas, basura por todos lados, ruido, calor, más motos, más pitos, más gente. Perdí la cuenta de los cruceros que había atracados en el puerto. Tardamos en atravesar aquel infierno casi un cuarto de hora. Menos mal que acordamos el precio antes de salir de la estación. Incluso me cobró por adelantado. Las cosas que tendrán que ver estos taxistas.
Aún siendo las diez y media de la mañana, me dieron la habitación. Es la primera vez que me pasa. Un botones sin botones me subió la maleta y me mostró dónde estaba el cuarto de baño, como si fuera difícil encontrar el cuarto de baño dentro de una habitación de hotel.
Lo primero que hice fue asomarme a la terraza para disfrutar de las vistas. Eso del fondo es el Castel dell’Ovo. Hay un barco italiano con este nombre. A bordo tuvimos hace tiempo una conversación relativa a por qué se llama así el castillo puesto que no tiene forma de huevo. Al parecer se trata de una leyenda relacionada con Virgilio y un huevo que si no se movía de su posición todo iba bien. Supongo que el huevo se pudrió y alguna desgracia sucedería.
A la izquierda del hotel queda el Vesubio. Me gusta esto de tenerlo a la vista porque lo voy a observar con detenimiento. Al mínimo rastro de humo salgo pitando en una Flecharoja, verde o amarilla.
A las once salí a la calle dispuesta a comerme a Nápoles antes de que Nápoles me comiera a mí. Mi padre me ha visto salir con destino a los lugares más insospechados sin inmutarse. Cuando le conté que iba a venir me dijo: “Ahí ya puedes tener cuidado”. Y es que Nápoles cuenta con el mayor número de chorizos por metro cuadrado de toda Europa.
Comencé la visita por la Plaza del Plebiscito, donde hacía un calor de espanto, entré en la Galería Umberto I (Marta, la han debido de limpiar desde que tú estuviste porque estaba impoluta), continué con el Castel Nuovo y subí por Via Toledo, mirando sólo de reojo hacia Quartieri Spagnolo, el que un día acogió a las tropas españolas cuando estuvimos por aquí de invasores y que ahora es una zona muy poco recomendable con calles estrechas, ropa tendida en las fachadas y casas que se caen de viejas.
Según entraba en Spaccanapoli se me abrió un agujero en el estómago y pasé de monumenti completamente. Salí como un volador en busca de la Via dei Tribunali para comerme una pizza margherita en Di Matteo, una de las pizzerías más famosas de la ciudad. El lugar es cutre, con vasos de plástico, un cantante que cantaba de pena y muy poco glamour, pero sirve unas pizzas excepcionales. Hay que comer la margherita en cualquiera de sus variantes. Yo la pedí con buffala. La pizza recibe su nombre en honor de la reina Margarita, esposa de Umberto I. Esta era comida propia de pobres hasta que ella mostró un día interés por probarla, seguramente atraída por el olor. Descubrió que los pobres eran pobres pero no tontos.
Por cierto, cuando en la carta de un restaurante italiano leáis “a la putanesca”, sabed que sí viene de puta. Parece ser que era una forma rápida de preparar la pasta por parte de las prostitutas, que pasaban poco tiempo en casa, ocupadas en otras tareas más beneficiosas.
La pizza era tan grande que no se veía el plato. Me enfrenté a ella valientemente, tan valientemente que no he podido cenar.
Al abandonar el establecimiento recorrí la calle en ambas direcciones, primero hacia Porta Capuana, aunque no llegué hasta allí porque poco a poco me fue pareciendo que la zona se volvía peligrosa, aunque yo iba pegada a un cura jovencísimo con larga sotana que seguramente hubiera dado su vida por mí sin ningún problema. Di media vuelta y seguí a cuatro prostitutas brasileñas, a las que dejé enseguida para girar a mano derecha y visitar el Duomo, que es la catedral, donde tienen la sangre coagulada del patrón, San Genaro. Esta sangre tiene que licuarse dos veces al año, en dos días concretos. Si no es así, sucede una desgracia. Lo del Vesubio creo que no tiene nada que ver porque el tal Genaro no había nacido.
Delante de la catedral está el único banco para sentarse de todo Nápoles. El segundo lo encontré en la Piaza Bellini, pero estaba roto.
La Via dei Tribunali es una calle sorprendente. Es cutre a más no poder, sin aceras ni ley que valga. Las motos pasan afeitándote el vello sin ningún miramiento. Hay unos postes de hierro que separan, teóricamente, la parte de los peatones de la de los vehículos. El problema es que la parte de los peatones normalmente está ocupada por motos aparcadas, contenedores de basura, tenderetes de venta ambulante y no tan ambulante, señores sin ocupación aparente interrumpiendo el paso, colas para entrar en las pizzerías, etc, etc. En resumen, es un sinvivir de calle. Pero me encanta. Vas andando y, de repente, en medio de toda la cutrez te encuentras con una iglesia espectacular de mármol, o una bocacalle donde venden figuritas de portal de Belén o papas.  No conozco al individuo de la cresta. No soy muy del Nápoles.
Bajé hacia la Piazza del Gesù Nuovo para retomar la visita que interrumpí para comer. Estuve dentro de la iglesia que da nombre a la plaza. La pera. Enorme, de mármol de colores, perfectamente conservada. Enfrente estuve admirando la fachada de Santa Chiara. Sólo en Nápoles puede estar una fachada del siglo XIV llena de pintadas. Llegaron cuatro gamberretes que se pusieron a jugar al fútbol. La pelota volaba peligrosamente junto a las vidrieras.
Hay militares destacados por toda la ciudad para mantener el orden pero ni se inmutaron ante la escena.
Fui por toda la Via Benedetto Croce y luego por S. Biagio dei Librai entrando en todas y cada una de las iglesias. En Nápoles hay una iglesia, una pizzería, una iglesia, una pizzería, así hasta contar miles. Creo que Francisco me habrá perdonado por no haberlo visitado esta mañana. Hoy me he ganado el cielo.
Volví por el mismo camino, bajé por Via Toledo, entré en un par de tiendas sin comprar nada, me asomé a la famosa heladería Gay-Odin pero fui incapaz. La pizza ocupa todo el hueco disponible. Mañana lo intentaré.
A las seis de la tarde se hizo el silencio en las calles. Desaparecieron las motos y los hombres. Estaban todos metidos en los bares, parados en los escaparates de las tiendas, incluso dentro de los supermercados viendo el partido del Mundial. Yo fui andando poco a poco hacia el hotel para quitarme la ropa que llevaba pegada como una pegatina y el olor a camionero, dándome una ducha y poniéndome inmediatamente en horizontal. Previamente subí a la azotea para echar un vistazo al Vesubio desde la piscina. Todo en orden.
Italia perdió contra Uruguay y vuelven para casa como volvimos nosotros ayer. Me alegro mucho de estar guarecida en mi habitación, porque debe de haber mucho napolitano rabioso por la calle en este momento.
Se me olvidaba. En la puerta del hotel hay una moto aparcada con la matrícula hecha de cartón y escrita a rotulador, pegada con cinta de embalar.
Buenas noches desde Nápoles.

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