25 jun. 2014

Una cateta en Nápoles (Día 3)



A las seis de la mañana desperté sin remedio. Estuve intentándolo hasta las seis y veinte sin éxito. Me levanté y me asomé a la ventana. Llovía. El Vesubio no se veía bien por culpa de las nubes. Preocupante.
La habitación tiene dos vistas diferentes. Por un lado están el Vesubio, la bahía de Nápoles y el Castel dell’Ovo, y por otro está la otra versión de Nápoles. Aunque esta zona es de las mejores de la ciudad, hay callejones y rincones donde te das de bruces con la realidad.
Bajé a desayunar a las ocho y media. Tardé en llegar al comedor exactamente un cuarto de hora. El ascensor me dejó en la primera planta en lugar de la entreplanta. Bajé pensando que estaba allí el comedor porque había una vitrina con unas vajillas frente a los ascensores. No, no era allí. Intenté coger el ascensor de nuevo sin éxito. No encontraba por ninguna parte las escaleras para bajar andando. Por fin apareció una chica vestida de “vengo a un congreso”. Empujó la pared frente a los ascensores y apareció una puerta que daba a las escaleras. Había gente subiendo y bajando con el mismo problema que yo. Dado que no me esperaba nadie en ningún sitio no me estresé lo más mínimo.
El comedor está mirando al Castel dell’Ovo. Las mesas junto a la ventana estaban muy solicitadas. Como yo estaba sola pude sentarme en una pequeñita con buenas vistas.
Entre otras vituallas tuve la oportunidad de probar el sfogliatelle napolitano, una delicia para la boca. Masticas notando todas y cada una de las hojas que componen el hojaldre. En el centro hay un poco de crema.
Mientras masticaba observé bastante gente haciendo deporte por el paseo marítimo, aunque la mayoría no hacía uso de la ancha acera, sino que corrían por mitad de la calle, algunos incluso con los auriculares puestos. Cierto es que no había mucho tráfico, pero lo había. Pasó un furgón de policía circulando todo el tiempo por encima del carril bici, a pesar de que en ese momento no pasaba ningún coche por donde ellos tenían que haber circulado. Pararon delante de la entrada del castillo. Más tarde pasé por al lado de los dos policías que lo ocupaban. Ambos estaban muy entretenidos con sus teléfonos móviles. Creo que si les robo el furgón ni se enteran.
Subí a la habitación aún sin decidir si iría a Pompeya o no, debido al riesgo de lluvia. Según mi iPhone estaría nublado pero con pocas probabilidades de agua. Como lo que dice mi iPhone va a misa, me eché la mochila a la espalda y salí en dirección a Via Toledo para coger el metro hasta la Plaza Garibaldi. No es que el metro en Toledo esté cerca, pero al menos me ahorraba andar la mitad del recorrido, en previsión de las horas que pasaría caminando por Pompeya.
Me sorprendió agradablemente la estación de metro Toledo. Es muy moderna, luminosa y sorprendentemente limpia; no así la calle del mismo nombre. Había bolsas de basura apiladas junto a las papeleras. ¿A qué hora pasarán los basureros en este pueblo?
El billete de metro no estaba a la venta ni en las máquinas expendedoras ni en un mostrador donde normalmente comprarías un billete de metro. Me lo vendió la señora del kiosco de caramelos.
En Garibaldi encontré la estación Circumvesuviana, una red de trenes que se mueven por la región. Son cutres, incómodos, antiguos, sucios y cómicos. En mi vagón viajábamos tres turistas, dos gitanas rumanas con una bolsa de plástico enorme llena de croissants y lo más granado de la sociedad napolitana. Por supuesto, el aire acondicionado consistía en abrir las ventanas de guillotina para que circulara la brisa. A esa hora ya había 32 grados en la calle, a pesar de estar nublado.

Comenzó a sonar un acordeón y las gitanas rumanas se volvieron al unísono para ver si era un primo suyo el que tocaba.

El tren tardó una media hora en llegar a Pompeya. En algunas estaciones por el camino no se sabía dónde estábamos porque los carteles estaban totalmente cubiertos con grafitis. Durante todo el recorrido pude observar el Vesubio con detenimiento. Todo en orden.
En Pompeya tuve que esperar un rato de cola para hacerme con la entrada a las ruinas. Cayó un poquitín de agua, lo justo para demostrar que el iPhone tenía razón.
Hacía calor pero era soportable gracias a que de vez en cuando soplaba algo de aire procedente del golfo. Un día al sol en Pompeya debe ser una experiencia aterradora, casi tanto como ver venir la lava desde el Vesubio.
Mereció la pena la visita. No se me hizo nada pesada a pesar de las muchas horas de andar y andar entre las ruinas. Es alucinante cómo se conservan las pizzerías, los frescos, los mosaicos, las casas y las calles. Se ven perfectamente los surcos que las ruedas de los carros dejaron en el suelo.
También me pareció alucinante que todo se pueda pisar, tocar y destrozar. En días de poco público te puedes llevar un martillo y un cincel para volver a casa con una cariátide miniatura en la mochila. Vi a una indeseable descansando tirada encima de un trozo enorme de mármol con los pies puestos en una pared. Me acordé de un sujeto que se subió a los restos de una columna en Atenas para sacar una foto y la vigilante casi lo baja de allí a patadas.
Ahora mismo me palpitan los pies. Caminar por aquellas calles de piedras desiguales ha sido toda una experiencia con los zapatos de turista que compré en Dubai. Una magnífica adquisición que me ha venido estupendamente hoy. No sé cómo tendrán los pies las señoras que iban en chanclas o en sandalias con una mínima suela de cuero. A una la vi incluso de tacones.

A las tres puse fin a la visita. En lugar de comer en alguno de los muchos restaurantes para turistas que había a la entrada del recinto, decidí coger el tren de vuelta a Nápoles y probar suerte cerca de la estación. Pasaba uno justo cuando llegué al andén, así que a las tres y media ya estaba de vuelta en la plaza Garibaldi.

Junto a mí viajó una pareja de jóvenes japoneses. El soltó una exclamación como las de los dibujos animados japoneses mientras señalaba al Vesubio. Se me puso el corazón en la boca durante un momento porque a través de los cristales casi opacos se distinguía humo por encima del volcán. Pero no, era una nube traicionera.

Después del bendito silencio de Pompeya, por donde de momento no circulan coches, pero todo se andará porque estos napolitanos son capaces de todo, el estruendo de la circulación por los alrededores de la estación me pareció insoportable.

Bajé caminando por Corso Umberto I hasta Via Duca di S. Donato, donde está A Casa Di Federico, una pizzería que le recomendaron a Laura y a la que teníamos pensado ir a cenar mañana. Pedí otra Margherita más que nada para comparar con la de ayer. Esta era grande, aunque se dejaban ver los bordes del plato. Estaba muy rica, riquísima, pero creo que la de ayer era aún mejor. El punto que le dio la mozzarella de búfala no lo tenía ésta. No dejé nada en el plato, sabiendo que me quedaría otra vez sin cenar.
A las cuatro salí del restaurante y seguí bajando por Umberto I admirando los edificios, unos muy bien restaurados y otros muy maltratados. En la Piazza Nicola Amore los edificios tienen señores cariátides adornando las fachadas. Los de Pompeya están mejor tratados que éstos, a los que les hace buena falta un cepillado para quitarles la mierda.

Volví a pasar por la oficina de correos. Sin comentarios.
Llegué a Via Toledo y bajé poco a poco hacia el hotel. Se me ocurrió mirarme las manos porque las sentí raras. Las tenía hinchadas como nunca en la vida me las había visto. Ni siquiera podía cerrarlas con normalidad y el anillo lo tenía incrustado en la carne, cuando normalmente me baila en el dedo. Consecuencia de las muchas horas de andar con los brazos colgando sin levantarlos apenas. Continué hasta el hotel con las manos levantadas y moviendo los dedos como si estuviera tocando unas castañuelas. Menos mal que aquí no conozco a nadie.

Por fin en la habitación me quité los zapatos y me tiré de cabeza a la cama. Me conecté a internet para descubrir que Laura no llegaba hoy como estaba previsto porque le habían cancelado el vuelo debido a una huelga de controladores en Francia. A ver si hay más suerte mañana.
Me di una ducha que me dejó nueva y me tumbé otro rato en la cama. A las seis y media me obligué a salir otra vez a pasear por el lado contrario de la calle Partenope. Hay unos edificios muy bonitos en esta calle, mirando al mar, con terrazas restaurante en los bajos. Había mucha gente paseando, patinando y montando en bici. Todos por el lado contrario por el que deberían ir. Descubrí por qué hay tan poco tráfico en la calle. Está cortada por unos maceteros para los coches que vienen disparados desde Via Francesco Caracciolo. Aún así, se nos cuelan algunos por las bocacalles.
Paseé por los alrededores del Castel dell’Ovo. Había gente muy elegante entrando en el castillo. El viernes entraré yo también muy elegante a cenar dentro.
A las ocho volví a entrar en el hotel para no volver a salir. No sé si mañana seré capaz de salir de la cama.
Buenas noches desde Napoli.
 

1 comentario:

Raymond dijo...

A room with a view of the castle, how fortunate you are. Enjoy Naples!