28 jun. 2014

Una cateta en Nápoles (Día 5)

Se nos olvidó bajar la persiana ayer por la noche, así que a las cinco y cuarto de la mañana entraba una luz cegadora en la habitación. Laura dormía como una ceporra. A mí no me quedó más remedio que levantarme y arreglarme en silencio a partir de las siete.
A las nueve bajamos a desayunar. Esta vez quedaba bastante más comida que ayer. Volví a comer sfogliatelle.
Di un paseo con Laura hasta el palacio real, la Piazza del Plebiscito, la basílica donde hoy no había ninguna boda, la galería Umberto I y el Castello Nuovo. Volvimos poco a poco hacia el hotel. En la puerta nos encontramos a varias de las griegas y nos sentamos a tomar un refresco en una de las terrazas por allí cerca. Athina, que está buscando a su quinto marido, nos comentó que estaría muy interesada en que fuera un médico italiano entre los 60 y los 65 años, así que deberíamos estar atentas. Yo le dije que tenía que haber llegado un par de días antes porque hubo en el hotel un congreso de médicos, de los cuales ya no quedaba rastro. Athina está hospedada en la suite presidencial del hotel porque a ella las habitaciones le vienen siempre pequeñas.
Ayer comentábamos Imelda, Laura y yo lo bien que se conservan los hombres italianos de mediana edad. Me refiero a los de clase media alta. Todos tienen el estómago plano y llevan unas camisas ajustadas al cuerpo dejando ver musculitos. Una delicia para la vista. Luego tenemos el italiano de clase media baja peludo, tripón y con ojos libidinosos, pero en esos no nos vamos a fijar.
Al volver al hotel nos encontramos con una italiana que vive en Holanda. Le robaron el bolso Furla de un tirón esta mañana con todo dentro. Cuando digo todo es todo. Su fortuna en ese momento consistía en diez euros y los cinco pares de zapatos que venía de comprar cuando sucedió la tragedia.
Ya en Montreal tuvo la mala suerte de tener la maleta perdida durante dos días. WISTA no le trae buena suerte.
A las doce y media dio comienzo WISTA Med 2014, el encuentro informal de los países mediterráneos. Esta vez es informal total porque no han programado charlas, sólo actividades lúdicas.
Comenzamos con una comida bufet y continuamos con una demostración por parte de unos perfumistas. No tiene nada que ver con el sector marítimo y nadie sabe el motivo por el cual se escogió esta actividad para ocupar la tarde. Un sujeto con un aspecto extraño se encargó de hablarnos de perfumes, de cómo y cuándo echárselos. Nos pasaba muestras de todos los que iba mencionando. Al cuarto perfume la nariz se me negó a continuar oliendo. Menos mal que nos daban granos de café de vez en cuando para matar el olor. Esta extraña actividad duró casi hora y media. Cuando quedamos libres nos fuimos a dar un paseo con Rosana, que llegó de Barcelona sobre las tres, Imelda la filipina, una chica que trabaja en el puerto de Venecia, una abogada marroquí afincada en Marsella y yo. Por tercera vez en 24 horas volví a entrar en la basílica. Volvimos hacia el hotel por la calle donde Imelda triunfó ayer, volviendo a triunfar de nuevo con un bolso rojo precioso.
Llegamos con el tiempo justo de ducharnos y vestirnos para la cena de gala en el Castel dell’Ovo. Fue muy original porque nos reunieron allí a todos los que han participado en la semana marítima de Nápoles y a las miembros de WISTA. Todos llevábamos nuestros nombres en tarjetas identificativas. Aunque no hablé con ellos, me crucé con un D’Amico y un Grimaldi, dos sagas de armadores italianos muy importantes.
Comenzó el festejo al costado del castillo con un aperitivo y un grupo cantando y bailando canciones típicas napolitanas. Acabaron bailando la tarantela.
Luego nos hicieron pasar al castillo. Desde la entrada a la parte más alta habían colocado mesas con comida local que íbamos degustando según subíamos. Había pizza normal, pizza frita, calamares, pescado frito, una enorme mesa con todo tipo de quesos, un señor con un mortero gigante haciendo pesto y varios kioscos con bebida. Sólo servían vino espumoso, tinto, blanco y agua con o sin gas. Ni rastro de refrescos. Me di al agua con gas toda la noche.
Encima de una mesa se encontraban abandonadas las gorras de los muchos representantes de la marina italiana que se encontraban en el castillo.
Conocimos a dos arquitectas, una de Pontevedra y otra de Sevilla, que pertenecen a una asociación que potencia la colaboración entre puertos y ciudades. Ni nosotras habíamos oído hablar antes de ellos ni ellos de nosotras.
Me encontré también a una abogada italiana llamada Carmelita a la que conocí en la Toscana hace cinco años y de la que no había vuelto a saber desde entonces. Ya no pertenece a WISTA.
A las diez y media decidimos dar por finalizada la fiesta y volver al hotel. Esto de tenerlo enfrente es un punto.


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