26 jun. 2014

Una cateta en Nápoles (Día 4)

Desperté varias veces durante la noche sin motivo aparente. A las siete y media desperté por última vez. Cuando me miré en el espejo del baño me encontré con Urtain recién salido de un combate, excepto por la nariz, que no estaba rota.
Ayer al atardecer, mientras observaba el hotel desde el castillo, me di cuenta de que las habitaciones tienen persianas. Gran emoción. Cuando subí, lo primero que hice fue buscar la cinta para bajarla. No había cinta por ninguna parte. A las tres de la mañana tuve una visión. ¿Y si el interruptor de las flechitas que hay junto a la cama acciona un mecanismo que sube y baja la persiana? Ante el riesgo de provocar un cortocircuito y el consiguiente desalojo del hotel en mitad de la noche, opté por hacer el experimento a plena luz del día. A las ocho de la mañana probé el interruptor. La persiana sube y baja.
Estuve tonteando en la habitación hasta que mi cara tuvo un aspecto medio normal. Bajé a desayunar a las nueve. Habían arrasado con casi todo, aunque aún quedaban sfogliatelle y otras cosas interesantes, como brioches y mermelada de cereza. Cuando volví a sentarme después de servirme comida por segunda vez me encontré con que me habían recogido la mesa, dejando solamente una cucharilla de postre. No hubo manera de encontrar un camarero. Es bien difícil cortar un trozo de queso y otro de salami con una cucharilla de postre. Tuve que limpiarme las manos en el mantel. La boca me la limpié una vez de vuelta en la habitación.
Como mi iPhone predecía lluvia para mitad de la mañana, opté por elegir el museo arqueológico para guarecerme. Me armé de valor y eché a andar Nápoles arriba. Quise visitar primero un par de iglesias que me quedaban por ver en la zona de Via dei Tribunali porque las encontré cerradas el martes. Subí por Via Toledo buscando la plaza Dante para girar a la derecha. No me fue difícil encontrarla porque aquel señor de la estatua del centro de la plaza era Dante, seguro.
San Pietro a Maiella es del siglo XIV. Lástima que no dejen sacar fotos dentro porque era una maravilla.
La segunda iglesia que visité fue San Gregorio Armeno de estilo barroco. En una de las capillas laterales había una vieja sosteniendo un cesto para limosnas. Justo detrás de mí entró una pareja de turistas. El se puso a sacar fotos desde la puerta. La vieja empezó a hacer aspavientos desde la capilla y soltaba improperios en voz baja para que dejara de disparar. Tuvo que aparecer una monja sudamericana a poner orden.
Seguí subiendo por otra calle paralela a Via Toledo hasta el museo. En una tienda de comidas vi por segunda vez una cosa curiosísima. De lejos parece una tortilla de patata pero está hecha de macarrones con agujero y tomate. No me resulta nada apetecible.
Después de casi una hora andando descontando la visita a las dos iglesias llegué al museo arquelógico. Hoy no tengo agujetas, pero los pies me palpitan y me arden. Llegué en un estado lamentable.
Atravesar la calle para llegar a la puerta fue jugarme la vida. Los pasos cebra no se respetan, y los semáforos casi tampoco.
Me hicieron dejar la mochila en un casillero. Sólo pude entrar con la cámara de fotos. Si a alguien se le hubiera ocurrido mangar el contenido de los casilleros me hubieran dejado en cuadro, con una cámara de fotos estupenda y cuatro euros en el bolsillo del pantalón.
En el museo hay muchas estatuas romanas, egipcias y, sobre todo, las cosas interesantes que no se pueden dejar al alcance de los salvajes en Pompeya. Se han traído paredes enteras con frescos y muchos mosaicos.
Había dos perros de mármol mirando al techo y yo, como una tonta, miré para arriba a ver lo que estaban mirando.
Hay una sección que se llama “La cabina secreta”. Es como un sex shop pero del siglo I.
Me ha dicho mi padre que los señores cariátide se llaman atlantes. Y Patricia me ha dicho que vajilla se escribe con “v”. Juro que el ordenador lo corrigió por su cuenta, que debió de pensar que era algo de poca altura.
Una vez visto todo lo que se podía ver en el museo, bajé por Via Toledo pensando qué iba a comer, porque pizza otra vez como que no.
Estuve explorando las calles cerca del hotel, donde se encuentran las tiendas de lujo. Como pobre que soy, sólo miré los escaparates.
Me acordé de un restaurante especializado en risottos que vi ayer por el paseo marítimo y allí fui a comerme una maravilla que recordaré toda mi vida. Risotto de naranja y limón. Como hacía un calor que te podía dejar fulminada en la acera, opté por comer dentro, donde tenían el aire acondicionado a toda pastilla. Una vez comido mi risotto me fui al hotel a lavarme los dientes. Las cosas de Laura ya estaban en la habitación.
Salí de nuevo a la calle sin saber muy bien qué hacer. Pensé que lo mejor era comerme un helado italiano mientras lo pensaba. Busqué una heladería con buena pinta donde me pedí un cono picolo de praliné. Menos mal que era picolo, porque si llega a ser grande me sale por las orejas.
Apretaba el calor que daba gusto. Pensé que lo mejor era refugiarme un rato en una iglesia fresquita. Escogí la basílica di San Francesco di Paola en la Piazza del Plebiscito. Según iba yo llegando apareció un coche con una novia dentro. Empezaron a discutir los de dentro del coche con algunos de fuera. No me quedó claro si era que la novia estaba llegando antes que el novio o si alguno de los que discutían con ella desde fuera era el novio que no quería casarse con ella. El caso es que eran las cuatro de la tarde de un jueves. ¿Quién se casa un jueves a las cuatro de la tarde por la iglesia?
El coche arrancó con la novia dentro, el padrino, el conductor y una amiga de la novia que se metió con ellos. Destino desconocido.
Decidí que era interesante quedarse allí para ver el desenlace de la historia.
Fueron apareciendo invitados, todos ellos vestidos por el enemigo. Uno que parecía llevar la voz cantante discutía por el móvil. Deduje que hablaba con los ocupantes del vehículo desaparecido. Llegaron los pajes, una niña y un niño. La niña iba vestida de encaje. El niño llevaba pantalón corto de cuadros, camiseta como para ir a la playa, sandalias azules y blancas, calcetines de rayas azules y blancas, pelo pincho engominado y unas gafas de sol naranja. Siento no poder ofrecer imagen porque quedé paralizada cuando lo vi ir hacia el altar llevando los anillos de aquella guisa. Y es que finalmente hubo boda, porque el vehículo que contenía a la novia, el padrino y la amiga de la novia volvió a aparecer y se bajaron todos muy dignos como si fuera la primera vez que hacían su aparición delante de la basílica.
El vehículo quedó abandonado en mitad de la plaza, como si aquello no fuera un monumento nacional donde no se puede aparcar.
Decidí que ya había tenido bastantes emociones por hoy, así que poco a poco fui andando hacia el hotel siguiendo el paseo marítimo desde el palacio real. El Vesubio seguía sin dar señales de vida.
En el hotel estaba Laura esperándome, de vuelta de una visita a un cliente.
Subimos a la azotea del hotel a charlar un rato. A las seis bajamos al hall a encontrarnos con Imelda, la presidenta de WISTA Filipinas, que nos quiso llevar de compras. Ir de compras con Imelda es entrar en Gucci, Tod’s o Hogan. Nos hicieron la ola en todos sitios y Imelda volvió cargada de bolsas. Mirad qué bonitos los zapatos de Tod’s para bebé.
A la vuelta, Imelda insistió en que nos sentáramos en un restaurante a tomar una pizza entre las tres, aunque yo tenía pensado no cenar y Laura tenía una cita con un cliente a las nueve. Véase en la imagen cómo el público pasea por en medio de la calle.
A las nueve menos diez volvimos al hotel. Nos encontramos con tres miembros de WISTA Grecia sentadas en una de las terrazas por el camino.
Imelda se fue a dormir directamente porque aún tiene jet lag, Laura se fue a su cena y yo me tiré de cabeza a la ducha y ahora os escribo.
Buenas noches desde la tórrida Nápoles.
 
 







No hay comentarios: