9 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 6)

Cuando el moro empezó a cantar esta mañana, casi infarto del susto.
No conseguí dormirme después. A las siete y cuarto no me quedó más remedio que levantarme después de mil vueltas.
Ayer por la noche, abriendo la puerta de la terraza, una de esas puertas correderas que tienes que atraer hacia ti con toda la fuerza que puedas reunir para que caiga sobre un raíl, aparte de caer sobre el raíl, cayó sobre el dedo gordo de mi pie derecho. Desde entonces, mi dedo gordo palpita ininterrumpidamente. Si se me cae, ¿puedo enterrar un dedo cristiano en territorio musulmán o lo tengo que llevar de vuelta conmigo en una caja de cerillas?
A las nueve menos un minuto conseguí arrastrar a Anna-María fuera de la habitación. Estas griegas se echan laca en el pelo y se pintan como puertas. Dedican horas a estas labores.
Cuando entró por primera vez en la habitación casi le da un ataque, porque dejé abierta a propósito la pantalla que separa el cuarto de baño del resto de la estancia, así que pensó que no íbamos a tener privacidad ninguna. Tardó diez minutos en encontrar el interruptor que la cierra.
A la entrada de la sala de conferencias habían instalado un completo bufet desayuno. Comí un yogur y un mini croissant. El estómago no me molesta, pero no me deja comer mucho. Ayer por la noche tuve que conformarme con una raja de solomillo fina como papel de fumar.
La conferencia comenzó con una presentación por parte de Sadan Kaptanoglu, de los Kaptanoglu de toda la vida, armadores turcos montados en el dólar.
Uno de los siguientes conferenciantes nos contó que el año pasado circularon por el Bósforo 45.529 barcos.
Justo detrás de mí tuve sentados todo el día a varios alumnos de la academia de marina civil, a los que se beca para que puedan asistir a las charlas.
Durante el descanso me asomé a ver el estrecho, hoy bastante revuelto. Ayer cayó la del tigre mientras estábamos en el cóctel. Como no tuvimos que salir a la calle, no nos importó mucho.
En el hotel tienen unos tanques llenos de zumo de naranja recién exprimido que está delicioso. Bebí un vaso que no me sentó nada mal.
La segunda parte de la mañana fue muy interesante. El debate duró tanto que fuimos a comer con 45 minutos de retraso.
Comí normal pero poca cantidad. Probé un pollo con salsa cremosa y arroz marrón claro con canela. Estaba rico. De postre me arriesgué con unos gajos de naranja con crema de chocolate por encima.
Cada vez que tenemos que volver a la sala nos tocan una campana. Estaba todo el mundo tan a gusto charlando a la mesa que nadie se levantaba después de comer. El de la campana se fue poniendo más y más nervioso y tocaba la campaña desaforadamente sin que nadie le hiciera el menor caso.
Las sesiones de la tarde comenzaron con el retraso acumulado de la mañana. La primera versó sobre el tráfico en el Bósforo. Nos enseñaron fotos de barcos empotrados en casas construidas en la misma orilla del estrecho. De hecho, el domingo pasamos en el barquito por delante de una casa donde hace poco se estrelló uno.
Un sujeto que hablaba inglés como un tratante de ganado, antiguo práctico en el estrecho, nos puso una canción de Nana Mouskouri que aún no sé qué tenía que ver con todo aquello.
En el descanso, las griegas y las chipriotas estaban como fieras con el tratante porque en su ponencia hizo referencia a asuntos históricos espinosos entre los turcos, griegos y chipriotas.
Por fin conocí a Dilek, una turca con la que he tenido trato de trabajo durante años sin llegar a conocernos en persona hasta hoy.

A las cinco y media terminaron las sesiones.
Subimos a las habitaciones para arreglarnos para la cena. Tuvimos a otra griega ocupa con nosotras. Está hospedada en el centro, así que trajo por la mañana los bártulos para cambiarse en nuestra habitación.
A las siete nos llevaron en autobús hasta Cahide, por la zona de Besiktas. Los  autobuses turcos tienen alfombras turcas dentro.
Tardamos una hora por culpa del tráfico.
Cahide es un restaurante/cabaret libanés del que ya conocíamos otra sucursal. Ofrecen espectáculo de drag queens, danza del vientre femenina y masculina y un individuo con una tableta estupenda que os aseguro no es de goma. Dicho individuo no parecía ejercer otra función más allá de pasearse entre las mesas enseñando aquella maravilla.
La comida no acabó de gustarme. Sirvieron cosas rarísimas. El remate fue el postre.
Me hice una foto con dos hermanas gemelas que dan mucha grima. Conocía a una de ellas desde hace tiempo. No supe que tenía una hermana repetida hasta esta noche. Hablan las dos con la misma voz ronca y se ríen exactamente igual. Es como verla doble.
En la mesa de suecas y noruegas estaba sentado el mismo individuo al que secuestramos en Estocolmo en 2011. Se acordaba perfectamente. Como para no acordarse.
El show de las drag queens fue la pera. Entre espectáculo y espectáculo ponían música a toda pastilla para bailar. Hasta Pitingo sonó por allí.
La cosa se salió bastante de madre. Acabó todo WISTA bailando en el escenario con las drag queens y el sujeto de la tableta.
A las doce, como cenicientas, la mayoría de las griegas y las españolas volvimos en el autobús al hotel. Tardamos media hora.
Laura y yo subimos a ver la habitación tan estupenda que tiene Mercedes. Charlamos un rato, hasta la una y media.
Cuando volví a mi habitación, Anna-María estaba sola. Se acababa de ir la misma visitante de ayer, no sin antes comerse una chocolatina del minibar. Chocolatina que tiene que reponer de su habitación si no quiere ser griega muerta.

Buenas noches desde Constantinopla.


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