12 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 9)

 Ni siquiera recuerdo el momento en que puse la cabeza en la almohada por la noche, de lo cansada que estaba.
Una de mis dos inquilinas estuvo hablando en sueños. Imagino que fue Anna-María, porque hace dos días, cuando el moro cantó, preguntó en inglés: "¿Quién eres?"
Hoy tampoco oí al moro, pero hemos descubierto que hay una iglesia cerca que le hace competencia. Oímos campanas y descubrimos un campanario entre las casas. Podría ser ortodoxa.
Como buen país musulmán, en la habitación teníamos una pegatina que indica la dirección a la Meca. No era tan evidente como la del hotel de Dubai. Estaba escondida dentro del armario, encima de la caja fuerte.
A las diez menos cuarto bajé a arreglar cuentas en recepción para que me separaran los gastos en facturas diferentes.
Me despedí de Jeanne, que salía en ese momento para el aeropuerto, y quedé con Tosan para ir juntas a las once y cuarto.
En lo que antes era mi habitación y desde ayer por la tarde se convirtió en una leonera, estuve charlando con mis dos griegas hasta que llegó la hora de la despedida. Comenzaba a llover en ese momento. Aunque ha llovido varias veces durante mi estancia, nunca me ha pillado a la intemperie. Ha sido una suerte.
Tardamos unos cuarenta y cinco minutos en llegar en taxi al aeropuerto. Tenía medio pensado ir combinando taxi y metro, pero me vi incapaz porque iba cargada como una burra, con la maleta a punto de estallar pensando 21,9 kgr, la mochila hasta las trancas y una bolsa colgando por delante conteniendo la maqueta del barco que me regalaron el miércoles.
Ayer quité los envoltorios de la mayoría de los regalos para ganar espacio. Entre todos pesaban más de un kilo.
Varias griegas se quejaron a la llegada de haber tardado más del aeropuerto al hotel que de Atenas a Estambul. Hoy había muy poco tráfico comparado con la locura que es habitualmente.
Nos sentamos a esperar a que abrieran nuestros mostradores de facturación, con destino a Lagos y a Madrid.
Me encanta el aeropuerto de Estambul. Da para mucho quedarse mirando pasar a la gente. Hay vuelos con destinos tan exóticos como Mitiga, Erkan, o Medina. 
Se sentaron frente a nosotras personajes variopintos a los que fotografié disimuladamente. Supongo que será por el pelo que se me quedan mirando fijamente, y que yo soy la variopinta para ellos. La que aparece en la imagen detrás de la maleta amarilla me asesinó con la mirada en varias ocasiones. En vaqueros, con la cabeza descubierta y sola en un aeropuerto sin la protección de un hombre. Voy a ir al infierno de cabeza.
La gente va vestida de maneras muy diferentes. Los equipajes pueden ser cualquier cosa, con gran abundancia de las cajas de cartón. De hecho, entre los artículos que están a la venta en los puestos de comida, refrescos y souvenirs, hay pilas de cintas marrones de embalaje.
Las tres representantes de WISTA Ghana aparecieron por allí a saludar. Siempre se están riendo. Nunca sé si de mí o conmigo.
Tras despedirme de Tosan fui al baño. En todos los baños públicos hay un cartel pidiendo que no se laven los pies en los lavabos. También en el primer hotel pedían que sólo se usaran las toallas para secarse. Prefiero no imaginar usos alternativos.
En la cola para facturar el vuelo de Iberia a Madrid estaba la típica pareja de murcianos que charla con todo el mundo para que todo el mundo se entere de que viajan mucho y se los pasan bomba [He tenido que escribir "murcianos" tres veces porque el corrector se empeñaba en que eran "marcianos"].
La facturación fue relativamente rápida, pero no el control de pasaportes. Tardé en pasar unos cincuenta minutos. Hubo un segundo paso por el escáner. El primero fue justo a la entrada del aeropuerto. A todas las señoras vestidas con envoltorios les pasaban la mano por todo el cuerpo para comprobar que no llevaban un chaleco bomba adherido.
En el duty free olía a Anís del Mono que apestaba. A alguien se le rompió una botella de raki. Se meten unos lingotazos con las comidas que alucinas. A mí me gusta echarle un par de gotas al agua para darle sabor.
Un grupo de peregrinos con destino a o procedentes de la Meca dormían a pata suelta por los
suelos del aeropuerto echados sobre sus alfombras de oración sin importarles lo más mínimo que todo le que pasaba por allí se quedaba mirando alucinado. Las mujeres vigilaban las pertenencias personales. Ellas no tenían derecho a descansar.
Me quedé sin comer porque no vi nada que me llamara la atención, excepto unas latas de Coca Cola de colores. Me parecen una aberración y me dan mal rollo.
El embarque del vuelo fue a la hora prevista pero nos tuvieron en pista media hora antes de poder despegar por congestión de tráfico. Igual que en la calle con los coches. Yo aproveché dicha media hora para mirar un rato para dentro, con la boca abierta y un hilo de baba cayendo por la comisura de los labios.
¡Qué contenta estoy con mi almohada cervical!
Me tocó sentarme junto a dos jovencitas pijas peruanas más altas que yo. Eso sí que es una aberración. Ya estaban sentadas cuando llegué a mi sitio. Fue un poco complicado acceder con la mochila detrás y el barco delante.
Me despido de Estambul con pena. Son ya tres visitas y no sé si esto se podrá repetir tal y como se están poniendo las cosas en la zona. Una de las abogadas turcas le contó a Mercedes que se está notando una regresión en las costumbres de la gente, fomentada desde los colegios. A ella no hace mucho un juez se negó a estrecharle la mano por ser mujer.
A las siete nos sirvieron merienda en una caja roja de cartón conteniendo un croissant relleno de pavo y queso, un yogur de frambuesa, una magdalena y un Kit Kat diminuto. La gente merendó con cerveza y con vino blanco y tinto.
Hora y media más tarde estaba desesperada por llegar a Madrid; yo y el bebé sentado al fondo del avión dando alaridos. Estaba encajonada entre la ventanilla, las dos peruanas, la mochila y el barco, que llevaba conmigo en el suelo. No podía estirar las piernas. La rodilla derecha me pedía a gritos salir a pasear. Para rematar, los marcianos iban sentados justo detrás de mí. El no paraba de hablar con un torrente de voz insoportable. Comentó que les quedaban por delante seis horas de coche para que lo oyera todo el avión. Hay que tener valor.
Aterrizamos en Madrid con media hora de retraso.
Nada más salir del avión me pararon dos agentes de la Policía Nacional. Me pidieron el pasaporte y me preguntaron qué tiempo hacía en Estambul.
Al pasar por el tercer escáner del día, me pusieron a un lado, me mandaron extender las manos, me pasaron un papelito por ambas caras y por la barriga. Al preguntar qué era aquello me contestaron que un test de sustancias. Es tranquilizador saber que no sólo tengo cara de terrorista islamista, sino también de traficante de drogas.
Llegué a la puerta de embarque para Sevilla cuando empezaban a llamar a los pasajeros.
Volaron conmigo los jugadores del Sevilla Baloncesto. El que se sentó justo detrás de mí comentó que Iberia era una mierda por el poco espacio entre las filas. Perdona, chaval, que mides dos metros.
Aterrizamos en Sevilla a las once menos cinco de la noche, un poco antes de la hora. En la recogida de equipajes tuve tiempo de observar que los jugadores negros del equipo de baloncesto  no mantenían ningún tipo de relación entre ellos ni con el resto del equipo. Tuve tiempo de observar eso y muchas cosas más, porque mi maleta no llegó a salir nunca.
Una familia de Zurich, un belga y yo pasamos casi una hora en la cola de reclamaciones con caras de desgraciados. Tengo que decir que la señorita de Iberia que nos atendió era extremadamente amable, dada la hora y las circunstancias.
Mi mochila cargada de quincalla, mi barco y yo salimos al encuentro de mi taxista favorito, que me trajo raudo y veloz con parada intermedia a mitad de camino para tomar un refrigerio.
A las dos y media, por fin, estaba metiendo mi agotado cuerpo en mi querida camita.

Buenas noches desde mi casita.








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