11 oct. 2015

Una cateta en Constantinopla (Estambul, Día 8)


Al moro no lo oí esta mañana. No desperté hasta las ocho y cuarto, cuando empezó a sonar insistentemente el teléfono de Anna-María. Le colgó cuatro veces a quien fuera que no se daba por aludido. Hacía sólo cuatro horas que nos habíamos acostado.
A las nueve y media bajamos a reunirnos con los demás excursionistas. Nos montaron en un barco y nos pasearon por el Bósforo, siempre por los alrededores del hotel. Volvimos dos veces a atracar frente al hotel para recoger a las dormilonas. Sólo desembarcamos en Poyrazköy, el pueblecito donde comí el domingo pasado.
La delegación suecadisfrutó a tope de la soleada mañana.
En el bareto del barquito vendían latas de Coca Cola rosa y moradas.
Nos depositaron delante del hotel a las doce y media en punto.
Despedidas hasta el año que viene.
Nuvara, su hermana Eda, Çagri y la pequeña Ela nos estaban esperando en el hall para ir a comer juntos. Se nos unieron tres griegas y dos chipriotas.
Mientras comíamos nos enteramos del atentado en Ankara. Las chipriotas salieron pitando para el aeropuerto porque las avisaron de que los controles de seguridad se habían endurecido y alargado.
A las cinco volvimos al hotel un momento paseando por la orilla del Bósforo, donde decenas de pescadores intentaban pillar algo para cenar. Un crío acababa de sacar del agua un boquerón. Calculamos que necesitaría un día entero para obtener los cincuenta boquerones necesarios para alimentar a su familia.
Como los turcos ven un negocio donde los demás sólo vemos una explanada, varios listos han colocado teterías improvisadas para servir los pescadores.
Frente  al hotel una pareja de novios se hacía fotografías. Me encantó el color del vestido.
Anna-María, María y yo tomamos un taxi hasta la parada de metro más cercana para ir hasta Sultanahmet. María se quedó frita nada más partir. Fue durmiendo como una ceporra todo el camino.
Anna-María y yo nos fuimos riendo todo el camino de la gente que se sentaba a su lado y la observaba pensando quién sería aquella loca extranjera que iba totalmente ajena al mundo.
El personal en el metro en general era bastante normal, exceptuando un par de casos, como una individua con una falda de Snoopy o un sujeto con un reloj de mesa en la muñeca.
Entramos en el Gran Bazar a echar un vistazo. Coincidimos con Tosan y las polacas como si el bazar no fuera enorme y no estuviera lleno de gente.
El auténtico objetivo de la excursión era visitar Casa Pedro de nuevo. Me recibieron como si me conocieran de toda la vida. Me enteré por casualidad de que tenían wifi. Me conecté para hablar con mi madre y enviarle fotos de la mercancía disponible en la tienda. Lo que a nosotras nos llevó diez minutos a Anna-María le costó más de una hora de negociación con su madre por Whatsapp.
Llevé conmigo uno de los relojes de Jeanne para que le cambiaran la pila. Dejó de funcionar el mismo día que lo compró.
A las nueve y media, después de asaltar una tienda de pashminas, totalmente agotadas, fuimos a coger el metro de vuelta al hotel haciendo la misma maniobra en sentido contrario.
Esta noche tengo en la habitación a dos ocupas en lugar de una. María se ha quedado sin pareja para compartir habitación. Nos han puesto una cama supletoria.
Pidieron la cena al servicio de habitaciones. Yo no cené. Aún tenía la comida por digerir.
Me puse a hacer el equipaje. Nada más comenzar supe que iba a ser tarea imposible meter todos los regalos en aquella maleta sin pasarme del peso límite. Tengo que meter lo más posible en la mochila y llevar la maqueta del barco en una bolsa colgando del cuello. Va  a ser divertido.
Como tenemos una báscula digital en el cuarto de baño, pensé que sería útil calcular exactamente lo que tengo que pasar de la maleta a la mochila. No funcionaba. Me costó dos llamadas de teléfono a recepción que me enviaran a un individuo a arreglar el problema, la segunda llamada a la una de la madrugada. Habrán pensado que estaba loca por querer pesarme sin falta a esas horas.

Coincidió que estaban Jeanne y Karen en la habitación recogiendo el reloj cuando apareció por fin el botones Sacarino a arreglar la báscula. Nada más irse en busca de una nueva, Jeanne me pidió que le explicara aquello con detalle. Nos reímos un montón.
Buenas noches desde Constantinopla.

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