10 jun. 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 2)

A las dos de la madrugada desperté porque eran las ocho de la mañana. Me obligué a dormir un rato más. En este mundo sin persianas se filtra la misma luz por las rendijas de las cortinas tanto de día como de noche. Así de brutal es la iluminación de los rascacielos por las noches. Tenemos frente a nuestra ventana el edificio de Barclays. Es una mole de cristal negro que de noche se vuelve azul claro, con las letras del nombre en blanco.
A las cuatro y cuarto, Patricia y yo estábamos charlando como si fueran las diez y cuarto. Nos dimos un par de horas más en la cama, pero a las seis menos diez ya no aguantamos más y nos levantamos.
A las siete bajamos como locas a desayunar. Llevábamos sin comer nada desde las cinco de la tarde. Unos enormes bagels rellenos de pavo y queso fueron nuestras víctimas principales. Los bagels son como dónuts pero hechos de pan.
A las ocho y media salimos a la calle. A unos cien metros del hotel está Times Square, esa plaza donde hay muchos anuncios luminosos y donde celebran fin de año. Un marinero besaba apasionadamente a una enfermera para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El programa “Good Morning, America” se emite desde allí. El presentador estaba en plena calle saludando a los viandantes, que armaban jaleo para salir en antena. Tomamos el metro en la calle 42 y bajamos hasta el extremo sur de Manhattan. Tenemos programado visitar la ciudad por sectores, de norte a sur. Dejaremos el Bronx sin ver porque no queremos volver con agujeros.
Ya hacía bastante calor a esa hora. Nos bajamos en Whitehall St., junto al magnífico edificio de la aduana, de estilo clásico. Caminamos hasta Battery Park, donde nos sacamos una foto junto a la gran bola metálica que recuperaron de las ruinas del World Trade Center y que han dejado en el estado en que la encontraron, con golpes y roturas.
Nuestra intención era tomar el ferry hasta la Isla de Ellis y desde allí ver la Estatua de la Libertad en la distancia. No existe esa posibilidad. Tienes que ir en el ferry hasta la Estatua y luego hacer una segunda parada en la Isla de Ellis. No nos importó mucho acercarnos a saludar a Miss Liberty. La encontré un poco chaparreta. Esperaba una señora algo más estilizada. Cuando llegamos allí ya hacía un calor terrible. Mientras esperábamos el ferry para pasar a la Isla de Ellis, llegó un barco procedente de New Jersey. Bajaron varias familias de estas que van vestidas como de La Casa de la Pradera. La señora de la foto me miró con cara de pocos amigos cuando pasó a mi lado.
La Isla de Ellis era la puerta de entrada a América para los emigrantes procedentes de Europa a principios del siglo XX. En un enorme edificio se les hacía exámenes médicos y personales antes de darles acceso al país o mandarlos de vuelta a casa. Casi casi como a mí ayer en el aeropuerto, pero en versión analógica. En la Isla de Ellis no les sacaban las huellas digitales en una pantalla ni les hacían una foto con una webcam.
Han restaurado recientemente todas las dependencias y exponen imágenes y recuerdos de la época. Puedes incluso buscar datos de tus antepasados si pasaron por allí.
Hacia la una y media volvimos en el ferry hacia Manhattan. Protagonizamos la escena friky del día. A petición de una de mis lectoras, que hubiera querido hacer este viaje con nosotras pero no ha podido ser, tuvimos que escuchar en el iPod la canción de la banda sonora de “Armas de mujer” cantada por Carly Simon.

Nos sentamos un momento en Battery Park a descansar. Tienen wifi gratis en los parques, alucina.
Desde allí caminamos hacia Wall Street, parando en el toro de bronce de Arturo di Módica para sacarnos una foto. Vimos el edificio de la bolsa por fuera y volvimos a tomar el metro en dirección a Times Square. Comimos unos sándwiches en una cafetería y nos fuimos al hotel, a ducharnos porque estábamos pegajosas como caramelos y a descansar un rato.
El hotel, que no os he hablado todavía de él, es el Room Mate Grace. Pertenece a un pijo de Madrid que se llama Sarasola. El y su marido tienen una cadena de hoteles super gays y super modernos. Patricia conocía el de Málaga y yo el Room Mate Oscar de Madrid. Por eso elegimos éste en Nueva York. Es tan original que tiene la piscina en el bar y el mostrador de recepción parece una tienda de ultramarinos. Está lleno de españoles. Vas en el ascensor y parece que estamos en Valladolid.
Después de descansar, volvimos a salir a la calle con la intención de ver las tiendas de los alrededores. Lo primero que vimos en Times Square fue un señor en calzoncillos tocando la guitarra. Aparentemente es una presencia habitual en la zona. No sé quién lo patrocina, si Calvin Klein o calzoncillos Ocean, pero el caso es que todo el mundo te habla del tío de la guitarra.
Entramos en la tienda Disney y Patricia compró varias cosas para un señor de 40 centímetros que conoce.
Siguiendo sabio consejo de mi compañero de trabajo Marcelo, entramos en la tienda de M&M’s, que son los Lacasitos americanos. Al entrar ya huele a Lacasitos. Venden todo tipo de objetos relacionados con los chocolates. Un M&M con un señor dentro se pasea por la tienda saludando a los clientes. Tienen unos dispensadores de chocolate con todos los sabores habidos y por haber.
Como no quedamos satisfechas, cruzamos la calle y entramos en la tienda de chocolates Hersey’s donde había mucho chocolate pero ningún señor metido dentro de una tableta de peluche. No es una marca que me entusiasme. Siempre me pareció que sabían a chocolate caducado.
A las seis de la tarde mi yo interior me dijo: “Tú crees que me engañas, pero aunque sea de día y no hayas cenado, son las doce de la noche”, así que me dio por bostezar y querer irme a la cama.
Entramos en Levi’s y en GAP a echar un vistazo. Al salir a la calle me cayó una gota de lluvia en un ojo tan gorda tan gorda que casi me ahogo. Dimos marcha atrás espantadas, lo mismo que otros cientos de personas que gritaban por la calle, porque llovía con una mala intención impresionante. Estuvimos guarecidas en el hall de GAP unos quince minutos, hasta que paró de llover. Entramos en la misma cafetería donde comimos y compramos algo para la cena. De allí fuimos al hotel a paso de tambor. Volví a ducharme otra vez, cenamos y aquí estoy, levantando los párpados con pinzas de la ropa para no quedarme dormida mientras os escribo.
Hasta mañana.

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