13 jun. 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 5)

A las cuatro y veinte desperté muy preocupada con el asunto de la reja de la catedral de Valladolid. ¿Quién fue el capullo que se la vendió a Hearst? ¿A quién hay que matar en Valladolid? Hay que estar como una cabra para traerse desde España semejante artefacto, porque mira que es grande la reja. No, Hearst no estaba muy bien. Por algo sus últimas palabras fueron para un patinete.
Otra cosa que se trajo de Europa fue un relicario de un santo con hueso dentro, procedente de una iglesia en la Toscana. Está expuesto en el Metropolitan sin ningún tipo de reverencia.
Todos estos pensamientos me mantuvieron despierta un buen rato, hasta que me quedé dormida de nuevo. Desperté a las seis y media y me levanté, nos levantamos.
Desayunamos con cierta prisa y salimos pitando hacia Harlem, para asistir a una misa góspel en la Abyssinian Baptist Church. Tomamos el metro en Times Square hasta la calle 135. El público que iba en el vagón daba que pensar.
Llegamos a Harlem a las nueve y diez. Varios negros enchaquetados nos indicaron que teníamos que dar la vuelta a la manzana y situarnos en una cola para poder asistir al servicio de las once de la mañana. Eso hicimos, y allí estuvimos dos horas y media. No se nos hicieron largas porque pudimos disfrutar de la fauna autóctona que pasaba por allí. Certifico que los negros que salen en las películas son de verdad. Pasaban señoras negras con sus mejores galas. Vimos a una anciana arrugada sacada directamente de una película. Patricia dice que se parece a ET. Un par de negros venían cada veinte minutos a echarnos una bronca y a obligarnos a estar contra una pared en filas de dos en dos. Uno de ellos era un post-adolescente-gordito- nerd que disfrutaba con la situación.
Me dieron recuerdos para ti, Raúl.
Patricia y yo éramos los turistas 91 y 92 de la cola. A las doce menos cuarto estábamos ya a punto de entrar cuando vino el negro-gordito-nerd y nos dijo que lo sentía mucho pero que ya no cabía nadie más porque era un día especial y había muchos fieles dentro. Me salió del alma: “Me voy a cagar en su puta madre”. Ninguno de los negros enchaquetados nos dijo que podría pasar lo que pasó. Se nos quedó a todos cara de idiotas. Suerte que la Guardia Civil me quitó la navaja en el aeropuerto la semana pasada, que si no lo mato allí mismo.
Patricia y yo salimos de allí zumbando camino del metro. Sólo nos faltaba que apareciera un coche negro cargado de negros y nos pegaran un tiro.
Bajamos hasta la calle 14 y entramos en otro mundo: Greenwich Village. Aquello no es Nueva York. Callecitas con casas de tres plantas, arbolitos, poco tráfico, gente sin prisa. ¿A quién nos encontramos en la calle Christopher? Al mismísimo Mark Vanderloo y señora. Todavía me tiemblan las piernas de la emoción. Nos pasaron por delante y entraron en la tienda de la foto. Patricia y yo los seguimos con la menor discreción posible y les sacamos quinientas fotos. Está un poco avejentado, pero sigue conservando todo su atractivo.
Entramos en un agradable restaurante a tomar el brunch. Brunch es la unión de las palabras “breakfast” y “lunch” (desayuno y comida). Los sábados y domingos la gente sale a comer temprano, haciendo las dos cosas en una. Tengo que confesar que nosotras hicimos trampa, porque desayunamos. Comí unos huevos benedictine con salmón y salsa holandesa absolutamente deliciosos.
Greenwich Village es, entre otras cosas, el barrio gay de Nueva York. En el restaurante había un par de grupos de hombres homosexuales. Una pareja en la mesa junto a la nuestra tenía edad como para haber fundado el barrio.
Al salir de comer dimos una vuelta por la zona. Buscamos la casa de la serie Friends y nos sacamos varias fotos.
Metro de nuevo hasta la calle 28 para visitar el Flatiron District. Al salir a la superficie nos vimos sorprendidas por un tremendo ambientazo. En Madison Square se estaba celebrando una fiesta patrocinada por una casa de productos de barbacoa de Texas. Todo el mundo estaba tirado en la hierba comiendo y escuchando la música que tocaba un grupo en un escenario.
Uno de mis tres edificios favoritos de Nueva York se encuentra en ese lugar, el Flatiron Building. Cuando se terminó de construir en 1903, era el más alto del mundo. Dicen que, debido a su curiosa forma rectangular, se provocan corrientes de aire en la esquina. Los caballeros de la época solían apostarse en las inmediaciones para ver cómo se levantaban las faldas de las señoras al pasar.
Paseamos por la zona para ver los edificios con porche y rejas de hierro que rodean Gramercy Park, una plaza ajardinada sólo accesible a los residentes.
Patricia ha venido a Nueva York dispuesta a experimentar cosas que ve en las películas. Una de ellas era hacerse la manicura y pedicura en un local especializado. Hoy encontramos uno que parecía salido de un episodio de Sexo en Nueva York . Entramos a cumplir su sueño. Yo me negué a pasar por aquello, así que me senté a observar la maniobra. Todas las empleadas eran orientales. Tenían también a un chino pintando uñas con pincel. El chino, vestido de rosa, ponía tanto interés como si estuviera pintando un jarrón chino. La clientela era de lo más variada. Estábamos nosotras, una ultrapija con un anillo con un diamante inmenso, una pareja de novios haciéndose la manicura, un señor grandísimo haciéndose la pedicura y un chico que se depiló las cejas. No eran gays, es que son de Nueva York.
Cuando terminaron de pintarle las uñas a Patricia, la sentaron a una mesa y pulsaron un botón. Se puso en marcha un mecanismo de ventilación para secarle el esmalte de las uñas y los pies. Simultáneamente, una oriental practicaba un masaje en los hombros de Patricia. O yo soy muy de pueblo o todo aquello era el colmo de la sofisticación.
Una vez cumplido el sueño de Patricia, subimos caminando por la Quinta Avenida en dirección al hotel. A mitad de camino nos encontramos con el Empire State. Como el tiempo estaba mejor que ayer y se veía todo el edificio, hasta la punta de la antena, decidimos subir. Nos encantó. Nos llevaron en ascensor hasta la planta 80 y subimos andando hasta la 86 para evitar la cola del segundo ascensor. Impresionantes vistas, simplemente impresionantes.
Cary Grant miraba impaciente el reloj, esperando la llegada de Deborah Kerr.
Tras disfrutar del panorama volvimos a bajar seis pisos andando hasta el 80. Desde allí bajamos en un ascensor que iba tan rápido que los números de la pantalla descendían de diez en diez. Se nos taponaron los oídos. Al ir llegando a la planta baja se produjo un suave frenazo que causaba una sensación extraña en el estómago.
Seguimos caminando por la Quinta Avenida y a la altura de la calle 45 nos acercamos al hotel a descansar media hora. Salimos de nuevo y bajamos hasta el Radio City Music Hall, desde donde accedimos otra vez a la Quinta Avenida.
Entramos en la catedral de San Patricio, que es enorme y muy bonita, pero que necesita trescientos años más para llegar a la categoría de impresionante. En la pequeña tienda de la catedral nos atendió un chico que hablaba muy bien español. Reproduzco el diálogo de besugos que mantuvimos:
- Dependiente: Me encanta su acento. ¿Españolas?
- Patricia y yo: Sí.
- Dependiente: Mi novela favorita es española; la mejor novela del mundo.
- Patricia y yo: ¿Cuál?
- Dependiente: ¿No saben cuál es la mejor novela del mundo en español?
- Patricia y yo: ¡El Quijote!
- Dependiente: Noooooo, Amor en tiempos revueltos. La ponen por las tardes aquí.
- Patricia y yo: ¡Ahhhhhh!

Salimos de allí muertas de la risa.
Seguimos bajando por la Quinta Avenida. Chanel, Cartier, Versace, Louis Vuitton, Harry Winston, Salvatore Ferragamo. No faltaba ninguno. Todas las tiendas exclusivas están en ese tramo de la calle, hasta llegar al Central Park. Antes, Rockefeller Center. Como no hace frío, no está la famosa pista de hielo que sale en todas las fotos de Navidad en Nueva York. Lo sustituyen por una terraza con cafeterías. Se ve más pequeña en vivo y en directo.
Al llegar a la altura de Central Park ya tenía el corazón disparado, porque sabía que me iba a encontrar enseguida con el cubo de cristal de Apple. El templo de la sabiduría, la catedral de la tecnología estaba allí, y yo dentro. Agarré del cuello al primer dependiente que encontré. Muy guapo y simpático, por cierto. “Quiero un iPad”, le dije. Porque yo no he venido a Nueva York a ver la Estatua de la Libertad y a subirme en el Empire State. Yo he venido a comprarme un iPad en el cubo de cristal del Apple. Lo demás es secundario. “No nos quedan”, me dijo. Allí mismo estuve a punto de cometer un Applecidio. “He venido expresamente desde España a comprármelo”, le dije. “Lo sé”, contestó. “El camión de reparto viene todos los días por la mañana y a las pocas horas desaparecen. Tienes que venir mañana sobre las diez”. Así que mañana sobre las diez este cuerpo humano va a estar allí a comprarse su iPad.
Salimos y ya había oscurecido, y hacía hambre, así que buscamos un Deli para comprar la cena. Las tiendas de ultramarinos se llaman “Deli”. Son esas que salen en las películas, que entra un individuo con una media de señora en la cabeza y un arma en la mano. El individuo apunta al propietario del Deli, que es coreano y tiene un rifle debajo del mostrador. Se produce un baño de sangre y de la trastienda sale la viuda del coreano, que no habla inglés y no hace más que dar gritos y hablar en coreano a los policías que vienen a resolver el caso.
En la zona de Manhattan donde estamos son un poco más sofisticados que los de las películas, pero es más o menos la idea.
Volvimos al hotel y cenamos. Patricia ya duerme desde hace rato. ¡La tía! No sé cómo lo hace. Pone la cabeza en la almohada y ya está muerta. Esta se toma algo, seguro.
Está empeñada en que salgamos a la calle en pijama como prueba empírica de que aquí nada importa. Hoy vimos a una chica paseando a su perro en un cochecito y nadie la miraba excepto nosotras.
Eso es todo por hoy. Voy a ver si se me contagia algo de Patricia.
Buenas noches desde Nueva York.

1 comentario:

mcguzz dijo...

Si no encuentras el ipad (o ipat) en el apple store, puedes comprarlo al mismo precio en el best buy de la quinta avenida, allí me compré yo un cacharrito parecido hace un par de semanillas.
La tienda en cuestión esta a la altura de la calle 44 en la misma 5 avenida.