16 jun. 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York y Washington, día 8)

Ayer antes de acostarme no tenía ni voz ni tenía nada. Hoy me levanté a las seis y media y ya podía hablar un poco mejor.
Bajamos a desayunar a las nueve tranquilamente.
Subimos a cerrar las maletas y nos fuimos a Penn Station en un taxi con un conductor con cara de catador de vinagre. Debió de creer que íbamos al aeropuerto cuando subimos y se encontró con el chasco de que nuestro destino era sólo unas manzanas más abajo.
Una vez en la estación, buscamos las taquillas y sacamos los billetes. Nos pidieron el pasaporte como si fuéramos a viajar en avión.
Nos sentamos en el suelo a esperar la hora de nuestro tren. Estuvimos jugando con nuestros respectivos iPads gracias al wifi de la estación.
A las once y treinta y cinco salimos con rumbo a Washington en un tren amplísimo con enchufes. Eramos las únicas extranjeras en el vagón. Primer contacto con la auténtica América.
Me ha dado pena dejar Nueva York. Ha sido un agradable descubrimiento. Es una ciudad limpia, segura y amable. No me hubiera importado quedarme seis o siete meses más.



A la una pasamos por Filadelfia. Luego por Wilmington (Delaware), y Baltimore, ¡oh, yeah! El paisaje por el camino era bastante frondoso. Lástima que no tengamos diez o doce días más para visitar los pueblos de los alrededores.
Vimos muchas casas construidas en madera, de esas que cuando viene un tornado se las lleva por delante junto con las vacas y los coches. Mucha bandera americana colgando de las fachadas.
A la una y media fui a explorar por el tren en busca de algo para comer. Muchos iPads por el camino. Encontré el vagón restaurante. Servían pizzas, perritos calientes y hamburguesas con queso almacenadas en cajas. Me incliné por un par de sándwiches de pavo y queso, por si acaso. Volví a nuestro vagón y comimos.
A las tres y diez llegamos a Washington. Union Station, construida en estilo beaux arts, es monumental. Al salir a la calle tuvimos que hacer cola un rato para tomar un taxi con destino a nuestro hotel. Cuán diferente el paisaje. Ni rastro de rascacielos. Sólo grandes avenidas con edificios bajos.
Nos tocó otro taxista avinagrado. No le gustó la propina que le dimos, así que se bajó del taxi, nos dijo que no estaba contento y nos dejó allí con el maletero abierto, metiéndose en el hotel no sé para qué. Sacamos las maletas del maletero por nuestros propios medios y entramos a registrarnos. Estupendo hotel de estilo americano con unos pasillos larguísimos y anchísimos. Una habitación con dos camas enormes y microondas. Para rematar, en recepción nos invitaron a limonada con galletas. Galletas caseras de 10 cm de diámetro.
La cisterna del cuarto de baño es como la del hotel de Nueva York. Cuando tiras, succiona como las de los aviones y los trenes. Las expresiones “se ha caído por el agujero” o “se lo ha tragado el váter” deben ser traducciones del inglés. Estoy segura de que si tiras de la cisterna mientras estás sentado, la succión te hará desaparecer por el agujero. Patricia tiene prohibido hacer una prueba empírica al respecto.
Deshicimos el equipaje y salimos a dar una vuelta por los alrededores. A poca distancia se encuentra Chinatown, pero no un Chinatown chino cochino como el de Nueva York. Este tiene cierto estilo, tranquilo y limpio. Starbucks y MacDonalds tenían sus carteles escritos en inglés y en chino.
Dejamos Chinatown a nuestra izquierda y caminamos por la calle 7. Aquí las calles tienen nombres o números. Sólo unas cuantas avenidas tienen derecho a un nombre como es debido, como el caso de Pennsylvania Avenue, que es donde vive el negro que manda.
Estuvimos en la Cop Shop (tienda para policías) donde vendían todo tipo de curiosos artefactos relativos a la profesión policial. Llevo desde que llegué intentando adquirir una navaja para sustituir a la requisada hace unos días. No hay manera. Aquí la gente no se apuñala. Pensé que en esta tienda algo tendrían. No me va a quedar más remedio que buscar una armería.
Un Porsche descapotable conducido por un negro con tres rubias llevaba la música a todo volumen. En España hubiera sido música chundachunda. Aquí sonaba Frank Sinatra.
Durante todo el paseo sólo encontramos a una pareja de turistas japoneses. El resto de los viandantes eran americanos 100%. Ahora estamos conociendo la América verdadera.
Entramos en una tienda donde Patricia volvió a comprar. Al ir a pagar con la Visa, la dependienta le pidió un documento de identidad. Sacó su DNI. A la dependienta se le iluminó la cara al ver que vive en Sevilla. Ella había pasado cuatro meses en el barrio de Triana en su época de estudiante.
En otra tienda tuvimos la oportunidad de ver un curioso espécimen de dependienta.
Para cenar nos decidimos por unos sándwiches de langosta. Hace unos días vimos en televisión un reportaje sobre el dueño de Luke’s, un chico que decidió abrir este negocio al ver que sus amigos iban perdiendo sus trabajos en Nueva York por culpa de la crisis económica. El sándwich estaba delicioso, absolutamente delicioso.
Volvimos al hotel temprano y ahora estamos disfrutando de nuestras enormes camas.
Buenas noches desde Washington.

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