12 jun. 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 4)



Desperté a las cuatro menos cuarto y hablé seriamente con mi yo interior para que me dejara dormir un rato más. Me dio tregua hasta las seis menos cuarto. Fui buena y no hice ruido para no despertar a Patricia. A las seis y media fui muy mala y empecé a hacerlo. Nos levantamos, bajamos a desayunar y a las ocho y media salimos a la calle.
Amaneció un día horrible, lluvioso y fresco, así que decidimos modificar nuestro plan inicial y dedicar la mañana a visitar el Metropolitan Museum. Mucho Nueva York y mucho cuento, pero pasa exactamente igual que en casa. Llega el fin de semana y se fastidia el tiempo.
Tomamos el metro en la calle 42 y llegamos a la calle 86 haciendo transbordo en Grand Central, la estación de tren. Subimos a ver el vestíbulo principal, dominado por tres enormes ventanas y una bóveda decorada con estrellas del zodiaco.
Un cochecito de bebé caía por la escalera principal ante la mirada asustada de Elliot Ness y sus hombres.
Al llegar a la calle 86, caminamos un poco y llegamos a la Quinta Avenida, donde se encuentra el museo, junto a Central Park. En todos los portales de las casas hay un portero mirándote desde dentro, vigilando que no vayas a hacer una trastada con las flores de la entrada o a quemarle el toldo que llega desde el portal hasta el borde de la acera. No vimos a ningún propietario salir o entrar. Deben de estar todos pasando el fin de semana en Los Hamptons, que es la playa a la que van los pijos de Nueva York. Eso sí, no se han llevado a los perros consigo. Vimos a una paseadora con varios perros de aguas repeinados.
La escuela “María del Monte” ocupa uno de los edificios de la avenida.
Había una pequeña cola en la puerta del Metropolitan, que abrieron a las nueve y media. Pasamos toda la mañana allí dentro, hasta que a las dos de la tarde tuvimos que salir absolutamente saturadas de arte. En ese momento el vestíbulo estaba a rebosar de público.
Estos americanos son la pera. Crearon este museo por pura envidia de los grandes museos europeos. Se trajeron todo lo que pudieron. Hay templos egipcios, momias, estatuas griegas y romanas, armaduras procedentes de Europa y Japón, pintura renacentista, flamenca, contemporánea. Y lo peor de todo, la reja completa del coro de la catedral de Valladolid. ¿Cómo rayos ha llegado esa reja al Metropolitan Museum de Nueva York? Lo he buscado en internet. Parece ser que el magnate W.R. Hearst se dedicó en su tiempo a comprar como un loco. Se trajo castillos y obras de arte del viejo mundo, cuando a las leyes sobre protección del patrimonio histórico se las pasaban por el forro. Entre ellas está nuestra reja.
Me encantó ver en persona cuadros de Hopper, mi pintor americano favorito, y tres cuadros de Vermeer, entre ellos “Mujer con aguamanil” que se hizo famoso gracias al libro “La joven de la perla”.
Llovía y hacía viento, y nosotras sin paraguas. Fuimos andando hasta el Guggenheim para sacarnos una foto dentro y fuera. Patricia compró un paraguas a un vendedor ambulante que nos habló en perfecto español. Es cierto eso que dicen de que en Nueva York se habla casi tanto español como inglés. Es muy gracioso oír hablar Spanglish. En la misma frase hay trozos en español y en inglés, o una persona habla en inglés y la otra le contesta en español.
Caminamos hasta Madison Avenue y encontramos un pequeño restaurante para comer. Pedimos hamburguesas con queso. Creo que no he comido nunca una hamburguesa tan sabrosa. Era enorme, como todo aquí. En la mesa de al lado tres señoras elegantes comían. Llegó un chico con una raqueta de lacrosse acompañado por su abuela. Lacrosse es el deporte más pijo que existe.
Decidimos dedicar el resto de la tarde a compras para mojarnos lo menos posible. Macy’s fue nuestro destino. Son los grandes almacenes más grandes del mundo. Ocupan un edificio en la calle 34, esquina con Broadway. Hablando de Broadway, no sé cómo lo hace esa avenida, que vayamos a donde vayamos, acabamos pasando por Broadway. Atraviesa Manhattan de norte a sur en diagonal, así que es fácil dar con ella.
El Empire State es tan alto que las nubes ocultaban su parte superior.
Patricia triunfó en Macy’s. Yo no tanto. He venido con la maleta vacía y me temo que me la voy a llevar un poco más llena.
Estuvimos en varias tiendas y luego nos sentamos en una cafetería a beber algo. Hace mucha sed en este pueblo.
Subimos caminando hasta Times Square. Cualquier día me voy a romper la crisma. En lugar de mirar al suelo me dedico a mirar para arriba, a los rascacielos.
Al entrar en la calle 45 me encontré con tres conocidos de Huelva. Mira que es grande Nueva York, pues me los tuve que encontrar.
Son las diez menos cuarto. Patricia ya está metida en el sobre y yo voy a darme una ducha y hacer exactamente lo mismo, que mañana hay que madrugar para ir a misa.
Buenas noches desde Nueva York.

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