14 jun. 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 6)

Parece que ya tengo medio engañado a mi yo interior. Hoy me dejó dormir hasta las cinco y después hasta las siete y cuarto. Amaneció un poco nublado, pero con perspectivas de mejorar durante el día, como así fue.
Me levanté con la garganta un poco áspera. Catarro a la vista. Es que ayer cogí un poco de aire en las alturas.
Mientras Patricia se duchaba, me hice la manicura, sin chinos de por medio.
Desayunamos como todos los días, pero esta vez al lado de dos madrileños que venían a una reunión de negocios. Idiotas perdidos.
A las nueve y media salimos a la calle con destino al Apple Store de la Quinta Avenida y un ataque de nervios. Me recibió una chica negra en la puerta, encantadora, amabilísima, pero sin iPads. Me dijo que lo intentara a lo largo de la mañana, que la pista para saber que habían llegado sería una cola fuera de lo normal en las cajas.
Todas las tiendas abren a las diez de la mañana, excepto el Apple Store, que está abierto las 24 horas, pero sin iPads.
Fuimos hacia Tiffany’s, a unos metros de distancia. Holly Golightly desayunaba un croissant y un café con leche mientras observaba el escaparate con detenimiento a través de sus oscuras gafas de sol.
Patricia quiso emular la famosa imagen de Audrey Hepburn, así que fuimos cargando desde el hotel con un vaso de cartón con un croissant dentro para sacarse la foto de rigor. No éramos las únicas. Unas cuantas chicas desayunaban bocadillos envueltos en papel de aluminio justo a nuestro lado. Muy poco estilo.
Aún estaba cerrada la tienda, así que anduvimos hasta la Nike Store, que visitamos tan pronto abrió. De allí volvimos a Tiffany’s. Entramos, ¿cómo no íbamos a entrar? Vimos el mismo brillante que llevaba la chica que ayer se estaba haciendo la manicura cerca del Flatiron Building. Ningún objeto tenía el precio puesto. Es de mal gusto.
Salimos cabizbajas, tan pobres como entramos. Para levantarnos la moral entramos en FAO Schwarz, la famosa juguetería, detrás del Apple Store, al cual me asomé. Ni rastro de los iPads. Lo primero que hicimos fue buscar el piano en el suelo. Allí estaba Tom Hanks tocándolo como un loco. Nosotras también, pero nos obligaron a quitarnos los zapatos.
Había peluches con forma de poni, de jirafa, de perro gigante. Indiana Jones, la Estatua de la Libertad y Jack Sparrow hechos con piezas de lego a tamaño natural. Mentira, la estatua de la libertad estaba hecha a tamaño humano. Caramelos y gominolas de todas clases. Citratos rojos gigantes. Una sección dedicada a Harry Potter, con el uniforme del colegio, el gorro de jugar a quidditch, el sombrero seleccionador. Un futbolín de Barbie. Verídico, los futbolistas eran Barbies de verdad. Marionetas de los teleñecos customizadas. Nos sacamos fotos con todo, absolutamente todo.
Nueva visita al Apple Store. Me atendió un chico blanco no tan optimista como la chica negra de hacía un rato. No tenía muy claro si los iPads iban a llegar hoy. Acababa de atender a dos españoles que se marchaban hoy mismo. Pobres, sin iPad.
El sur de Central Park está enfrente de todos los sitios que acabo de mencionar. Como parecía que no iba a llover, decidimos hacer la visita al parque. Lo primero que vimos al entrar fue una ardilla con la cabeza metida en una bolsa de papel, sacando un muffin de dentro. Aquí a las magdalenas las llaman muffins, pero son mucho más grandes. Metes una en la boca y te absorbe los jugos gástricos. Hay que tener mucho cuidado de no fallecer durante la ingestión. El riesgo se corre con gusto porque están deliciosas. A la ardilla le dio igual que estuviéramos diez personas sacándonos fotos con ella, como si fuera una artista de cine.
Caminamos en dirección norte, buscando la fuente Bethesda y el Bow Bridge, que salen en muchas películas ambientadas en Nueva York.
Había muchas niñeras paseando a críos pequeños, y un grupo de diminutos que apenas andaban formando parte de un campamento de verano en Central Park. Las madres los deben de soltar en el parque por las mañanas al cuidado de unos chicos que no me merecían mucha confianza.
Unos metros después llegamos a Strawberry Fields, una zona con vegetación de muchos sitios y fresas, donado por Yoko Ono en homenaje a su marido porque a poca distancia lo mataron. La Yoko lo mandó a comprar el pan y un loco le pegó un tiro en la puerta de casa. Vivían en el Edificio Dakota, donde se rodó La Semilla del Diablo. Cierto que el edificio tiene un aspecto ligeramente siniestro. Los inquilinos son muy especiales. Hace poco, Antonio Banderas intentó comprar un apartamento y la junta de vecinos lo vetó.
Salimos del parque a la altura del Dakota. Seguir andando más al norte es como firmar tu sentencia de muerte.
Anduvimos varias manzanas hasta el Lincoln Center, un grupo de edificios que contienen la Metropolitan Opera House, el Lincoln Center for the Performing Arts y una concha para conciertos al aire libre.
Tomamos el metro hacia el Soho. Ya que no había iPads en la tienda de la Quinta Avenida, decidí dejarme de rollos e ir a una tienda como Dios manda a comprarlo.
Comimos en un restaurante muy agradable frente a la parada del metro.
Fuimos al Apple Store de la calle Prince, y allí me hice con mi tesoro. Mío, sólo mío. Unos chicos muy amables nos atendieron. Nos llevaron a la primera planta y allí probamos que todo iba bien. ¡Mi tesoro! Salí del Apple Store con mi iPad debajo del brazo, dispuesta a comerme el mundo. Ya puedo morir tranquila.
Estuvimos recorriendo todas las tiendas de la zona, de ambiente modernillo. Compramos, compramos, compramos.
Entramos en una tienda de ultramarinos enorme, que se llama Dean & DeLuca, donde puedes comprar a ritmo de jazz cualquier delicatesen que se te pueda ocurrir.
Se nos antojó tarta de queso como las que se comen en las películas, así que cogimos el metro hasta la calle 23 y anduvimos un rato largo por el barrio de Chelsea hasta el Empire Diner, uno de esos restaurantes de aluminio que salen en las películas de los años cincuenta. Sorpresa desagradable. Lo han reconvertido en restaurante con pretensiones. No tenían batidos de vainilla ni tartas ni nada que nos apeteciera en aquel momento. Volvimos sobre nuestros pasos, nos arrastramos hasta la boca de metro más próxima y volvimos al hotel como pudimos, haciendo una parada para comprar la cena. Nos tiramos en la cama a recuperar la posición correcta de nuestros riñones, nos pusimos el bañador y bajamos a la piscina en el bar, a la sauna y al baño turco. Un poco mejor, subimos, cenamos y me voy a la cama ya, ya, ya, sin ni siquiera sacar el iPad de su caja. No puedo con mi cuerpo.
Buenas noches desde Nueva York.

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