4 oct. 2014

Una cateta en Chipre (Día 1)

Después de estar toda la semana de guardia, despertar a las cinco de la mañana, pasar el día trabajando y comer con varios compañeros de la oficina (Me encanta entrar en un restaurante acompañada de seis guardaespaldas, la mayoría de muy buen ver y con un sentido del humor muy negro. Vuelan por la mesa pildorazos como preguntarle a un joven ingeniero naval si debajo del colchón de su padre, antiguo comandante del Juan Sebastián Elcano, alguna vez aparecieron polvos blancos), a las cinco y veinte de la tarde decidí que era hora de coger las de Villadiego.
Mi taxista favorito me esperaba cerca de la oficina para llevarme a casa a coger el equipaje y salir inmediatamente con destino al aeropuerto de Faro.
Llegamos en poco más de una hora. Nos sentamos a tomar algo mientras abrían el mostrador de facturación. A las ocho y media nos despedimos, facturé mi maleta de 13.5 kgr., pasé el control de pasajeros sin incidentes y di un paseo por las tiendas. Ha mejorado un poco la oferta desde la última vez que volé desde aquí.
Al cabo de un rato me senté en una chaise longue a comer un plátano que llevaba en la mochila y a leer una revista que también llevaba en la mochila. Estaba muerta. A las diez menos cuarto por fin anunciaron la puerta de embarque. Tan cansada estaba que cuando el guardiña me preguntó mi destino en el control de pasaportes, me quedé en blanco.
Cuando por fin entré en el avión me encontré con un individuo aposentado en mi asiento. Tuve que explicarle que la letra F corresponde a ventanilla y la D a pasillo. Su mujer, sentada en el asiento central, tomó posesión de la ventanilla inmediatamente, pero el marido no se movía. Me dijo que su intención era pasar el vuelo dando paseos por el pasillo y que sentado en el centro iba a tener que molestarme continuamente. Como mi intención era pasar el vuelo mirando para dentro, le cedí el asiento del pasillo y me senté en el central.
Salimos con 45 minutos de retraso. El piloto nos explicó que llevaban arrastrándolos todo el día debido a la niebla que hubo en Londres por la mañana.
Ibamos a bordo 180 adultos ingleses, dos bebés calvos, uno con pelo, una pareja de españoles, un azafato valenciano, un piloto escocés y yo. Desconozco si el piloto era independentista o unionista porque no manifestó su ideología por megafonía.
Antes de despegar tuve ocasión de hojear la revista del avión con un chicle pegado a la contraportada.
Al bebé con pelo lo descubrí al otro lado del pasillo en brazos de su madre cuando empezó a llorar y ésta intentó ahogarlo con una mantita de lunares rojos para hacerlo callar. Para vuestra tranquilidad no consiguió su propósito porque cuando aterrizamos en Gatwick el bebé dormía plácidamente. Eso sí, se mantuvo en silencio todo el viaje. No así su abuela, que no paró de toser durante todo el vuelo.
Tan pronto hubimos despegado, me coloqué mi nueva almohada cervical de látex y el antifaz que me dieron cuando volé a Singapur. Ambos objetos no fueron adquiridos en un chino. No volverá a suceder la desgraciada experiencia del viaje a Dubai.
Dormí a ratos, interrumpida por el azafato valenciano anunciando el menú, vendiendo comida y recogiendo la basura en repetidas ocasiones. El matrimonio inglés en medio del cual me encontraba sentada se comunicó en pocas ocasiones. Eso sí, me desveló un rato la frase pronunciada por el marido: “Los muffins son comida para señoras”. “Muffins” son magdalenas, normalmente de tamaños descomunales. Después de un rato de reflexión llegué a la conclusión de que se refería al hecho de tener que comerlos a pellizcos, un acto en sí poco masculino.
Cuando cambió el ruido del motor del avión al empezar a descender, me quité el antifaz para ir resucitando poco a poco y terminar de hojear la revista con el chicle pegado.
A las doce y media, una y media en España, estábamos tomando tierra en Gatwick. Hubo suerte en el control de pasaportes. No había casi nadie. La última vez, el año pasado, había cientos de personas esperando allí ordenadamente para entrar en la Pérfida Albión.
Lo que sí tardó un poco fue la maleta. Nos tuvieron un rato esperando hasta que anunciaron la cinta por donde saldrían. La mía llegó bastante aplastada,  con un tremendo golpe en una esquina, como si la hubieran usado para ayudar a frenar el avión en la pista.
Tomé el trenecito desde la Terminal Norte a la Terminal Sur, entré en Marks & Spencer Food Halls, que es donde venden la comida y donde sé que puedo pagar una pequeña compra con Visa. No llevaba encima ni un solo penique con la cara de su Graciosa Majestad.
Entré buscando mi sándwich favorito de jamón inglés con mayonesa de mostaza. Es el único sándwich que venden normal. Los demás tienen dentro..... cosas. Por ejemplo, como cuando dice en los ingredientes: lechuga. Mentira. Se asoman a la puerta y del primer árbol que encuentran arrancan una hoja y te la meten en el bocadillo, con rabo y todo. Luego tienen una cosa que llaman “chutney”, que es como una mermelada pero te encuentras tropezones de cebolla dentro.
Pertrechada con mi cena, entré en el hotel Bloc, dentro de la terminal. Elegí este hotel para evitar salir a la calle de madrugada. No olvidemos que estamos en el país de Jack el Destripador y donde llueve a todas horas.
La habitación es como un camarote pero sin los hermanos Marx dentro. Si abres la maleta no puedes abrir la puerta. La ducha está en el mismo habitáculo que el lavabo y el retrete, lo cual va a complicar las cosas a la hora de tomar una ducha intentando evitar mojarlo todo. La enorme cama está pegada a la pared sin ventana. Hay un televisor Samsung de 42 pulgadas incrustado en la pared a los pies de la cama. Las paredes están forradas de ante beige y madera. Al entrar me llegó una bocanada de aire siberiano. No lograba encontrar el interruptor del aire acondicionado, hasta que descubrí una tableta Samsung junto a la cama. Cuando la toqué se abrió un menú desde el que podía controlar todas las luces, el aire e incluso hacer el check out cuando me vaya. Demasiado.
A las dos de la mañana, hora local, tres de la mañana en España, caí en un profundo coma.

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