12 oct. 2014

Una cateta en Chipre (Día 9)


Seis y veinticinco de la mañana. Después de tres horas de sueño desperté yo sola cinco minutos antes de sonar el despertador. Me arreglé rauda y veloz, cerré la maleta y bajé a desayunar. Tuve que esperar cinco minutos a que abrieran el buffet. Me entretuve charlando con el loro del hotel, al que ya habían limpiado la jaula y habían servido su desayuno. Yo le decía hola y él me decía hello. Le silbaba melodías y él las repetía mientras me miraba fijamente. Imagino que también hablará ruso.
Podía haber desayunado en la habitación al módico precio de 125 euros con champán francés y caviar, pero es que a mí el caviar a las siete de la mañana me da ardor de estómago.
A las siete en punto me sirvieron un zumo de de naranja recién exprimido y comí algo con Laura y Mercedes. A las siete y veinte estábamos las tres subidas en el taxi que nos llevaría al aeropuerto de Larnaca a una velocidad media de 90 km/hora, a pesar de estar el límite marcado en 100. Me contó el taxista que puedes conducir hasta 120 por hora sin ser multado, pero si vas a 121 la multa cuenta desde 100. Cosas de los chipriotas.
En el mostrador de facturación nos encontramos todas las que íbamos a tomar el vuelo de las diez y veinte con destino a Atenas. Eramos once en total entre griegas, españolas, italianas, una argentina, una sueca y una danesa/sueca/iraní.
En la tienda de prensa del duty free estaba a la venta la versión griega del Hola, mucho más vulgar que la nuestra. Pregunté quiénes eran los sujetos de la foto principal, pero no me supieron contestar.
Salimos de Chipre sin retraso. En el avión nos portamos todas bien. Yo di una cabezada de cinco segundos porque Laura y Mercedes, que me tenían aplastada como un sándwich entre las dos, no pararon de darme conversación en todo el camino. Sólo callaron cuando nos sirvieron el desayuno y estaban con la boca llena.
Al empezar a descender en Grecia el oído derecho casi me revienta del dolor. Me llegaba la molestia hasta la nariz, la garganta y los dientes.
En Atenas nos despedimos del grupo de griegas y de la argentina. Tuvimos que recoger el equipaje, salir y volver a facturar. A Mercedes, que volaba con destino a Madrid, la dejamos sola con las italianas porque su mostrador aún no estaba abierto. Yo volaba con Laura vía Barcelona porque el vuelo de Madrid no me permitía enlazar con el último a Sevilla.
En el hotel quedó la italiana a la que robaron el bolso en Nápoles cuando fuimos a la reunión de WISTA Med en junio. Ayer le advertí varias veces que tuviera cuidado durante los días que va a pasar de vacaciones en la isla. Me contó que por la mañana había perdido el móvil. Es un caso sin remedio.
Mientras esperábamos para embarcar en el siguiente avión, se nos sentó al lado un grupo de mochileros con pinta de abertzales sin lavar. Efectivamente, algunos hablaban en vasco cuando estaban tomando asiento a bordo.
El vuelo a Barcelona salió puntual. Tan pronto despegamos me coloqué mi almohada cervical junto con el antifaz turco y dormí hasta que el matrimonio griego que tenía al lado empezó a repetir en voz alta palabras en catalán que leían en su guía de viaje. Me sentó de miedo la siesta.
Los pies de la griega estuvieron demasiado cerca de mi espacio vital, encima de las piernas de su marido. La manicura estaba recién hecha y no despedían ningún tipo de efluvio, gracias a Dios, pero demasiado cerca, demasiado cerca.
Laura, que fue buena chica y se acostó ayer a una hora mucho más prudente que yo, leía en su iPad al otro lado del pasillo.
Aterrizamos en Barcelona a las cuatro y cuarto, hora española. Acompañé a Laura hasta la salida, donde nos despedimos hasta la próxima, que espero sea pronto.
Según le estaba dando un abrazo se me fue la vista hacia el McDonalds que había detrás, donde comí una hamburguesa tan pronto nos separamos. Llevo meses sin pisar un McDonalds, así que no me sentí en absoluto culpable. Cuando estaba a punto de pedir el menú en inglés me habló la chica del mostrador en español y no pude dejar de sonreir. Ya estaba en casa.
Cuando terminé di una vuelta en busca de un enchufe donde enganchar el ordenador para escribiros un rato. Encontré uno escondido detrás de una columna en una zona donde no había un alma. El aeropuerto estaba bastante tranquilo.
Di una vuelta por las tiendas sin comprar nada. Me senté a tomar una Coca Cola en la cafetería donde siempre me siento en el aeropuerto de Barcelona, junto a una cristalera con vistas a las pistas. Por primera vez en una semana pude leer un rato.
A las ocho y veinte apareció en las pantallas el anuncio de que mi vuelo estaba embarcando. Recogí mis bártulos y fui a la puerta B27. Entré la penúltima. Había una chica sentada en mi sitio. Tuve que enseñarle la tarjeta de embarque para convencerla de que estaba en el lugar equivocado.
Aunque intenté seguir leyendo, tuve que renunciar y dar otra cabezada. Tardamos mucho en aterrizar en Sevilla porque había tormenta eléctrica. El piloto tuvo que desviarse y entrar por una dirección diferente a la habitual. Fue todo un espectáculo ver los rayos en la oscuridad mientras dábamos saltos entre las nubes.
Una vez a salvo en tierra las maletas se hicieron esperar bastante porque coincidimos varios vuelos a la vez.
Me esperaba fuera mi taxista favorito. Salió a la vez que yo una individua rubia y gorda a la que esperaba su familia con pancartas. Daban gritos y lloraban. España profunda total.
Llegué a casa después de medianoche. Dejé la maleta abandonada sin abrir, me di una ducha y me abracé a mi cama emocionada.

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