18 may. 2015

Una cateta en Nueva York (Día 10)

Seis de la mañana. Sí, los obreros también trabajan los domingos, pero hoy sólo en una misteriosa estructura que tiene toda la pinta de ser de Calatrava.
Cuando desperté, después de menos de cuatro horas de sueño, había una niebla densa que no permitía ver los edificios de enfrente. Poco a poco fue abriendo.
A las ocho menos cuarto me llamó Katerina por teléfono para bajar a desayunar a las nueve. Karin hizo lo mismo por Whatsapp. Nadie es capaz de dormir hasta tarde en este pueblo.
Aunque no hubieran estado trabajando los de enfrente, habría despertado porque hay un continuo y potente run run de fondo que supongo proviene del sistema del aire acondicionado del edificio. Además, a las cinco y pico ya es completamente de día. No me he molestado en cerrar las cortinas ninguna noche. Cuando vuelva a dormir en casa voy a sentir claustrofobia, me temo.
Jeanne se tuvo que ir en avión esta mañana temprano porque los trenes a Washington aún están cancelados debido al accidente del otro día.
Después de desayunar y dejar el equipaje a buen recaudo en recepción, Karin, Connie y yo fuimos a visitar el 9/11 Memorial Museum, justo debajo de las fuentes homenaje a los fallecidos, donde estaban los cimientos de las Torres Gemelas. Hay expuestos restos de las fachadas, vigas, camiones de bomberos aplastados, una ambulancia, efectos personales, fotos de todas las víctimas, grabaciones sonoras y de video. Había muchos visitantes llorando. A pesar de haber gran cantidad de público, no se oía una mosca, gracias al respetuoso silencio.
De entre las miembros de WISTA, conozco a una cuya empresa se encontraba en las Torres. Salvó la vida porque aquella mañana decidió trabajar desde casa. Otra se negó a venir a visitar las fuentes y el museo. Se siente incapaz porque perdió a muchos conocidos allí.
A las doce me despedí de Karin y Connie en la cafetería del museo para volver al hotel a encontrarme con Katerina y Wendy, una china que vive en Atenas. Habíamos quedado en compartir transporte al aeropuerto. Fuimos como reinas en uno de esos camiones que circulan por todo Nueva York.
El puente de Brooklyn estaba parcialmente cortado por una carrera. Tardamos casi una hora en llegar al JFK por culpa del tráfico.
Me dejaron en la T7 y siguieron ruta a la T4. Como llegué un poco pronto para mi vuelo, tuve que esperar cuarenta minutos antes de poder facturar. Mi maleta pesó 21 kgr. Iba cargada hasta las trancas, y no porque haya comprado muchas cosas. Es que dos semanas fuera de casa dan para mucho equipaje. Encima, Karin me trajo de regalo una toalla de playa de propaganda de su empresa, y Tosan un vestido. ¿Es que no se ha dado cuenta a estas alturas de que yo no uso vestidos?
Al pasar por el control de pasajeros, nos hicieron quitar los zapatos sin darnos patucos de plástico. Pasé también por mi primer escáner corporal sin novedad. Tampoco había ninguna mesa donde colocar las bandejas con los objetos personales para volver a colocarte el cinturón y calzarte.
Una cosa que no me ha gustado nada de Nueva York han sido los retretes públicos. Intimidad cero. Son unas cabinas metálicas cuyas paredes te llegan sólo a la altura de la espinilla, de modo que estás viendo a la vecina con los pantalones por los tobillos. La rendija entre la puerta y la pared es tan gruesa que puedes meter un dedo.
Las tiendas del aeropuerto no eran nada del otro mundo. Mucha camiseta "I love New York" y chocolatinas variadas. Nunca compro chocolate en los aeropuertos porque es un timo.
Todos los pasajeros del vuelo a Buenos Aires estaban desparramados por las mesas comunes de las cafeterías de la terminal. Por dos veces se dirigieron a mí en español. ¿Lo llevo escrito en la frente? Me tuve que tomar el tentempié de pie a falta de una miserable silla.
Una vez embarcados ellos, se hizo el caos. Una marabunta de españoles maleducados y ruidosos formó una desordenada cola obstaculizando las zonas de paso para embarcar conmigo con destino a Madrid. Se pudieron a pie de mostrador antes de iniciar el embarque como si alguien les fuera a quitar el sitio. Me tocó la moral seriamente después de tantos días de orden y buenas maneras.
Esta mañana Connie la holandesa y yo comentábamos cómo los desconocidos se dirigen la palabra por la calle para decirse cosas amables. Ahí está el ejemplo de la chica que en un semáforo de Boston me dijo que le gustaban mis gafas. También vi cómo un señor hablaba a los pasajeros de un descapotable para cumplimentarlos por llevar un vehículo tan chulo. Pero lo más fuerte fue un veterano de Vietnam herido saliendo del metro. Lo llevaba anunciado en la cazadora y en la mochila. Se movía con dificultad, con unas abrazaderas metálicas en las piernas. La gente le chocaba la mano y le decían lo encantados y orgullosos que estaban de conocerlo.
Puntualmente a las 17:00 hrs, el avión empezó a moverse por la pista, aunque tardamos en despegar veinte minutos por el tráfico.
Me tocaron dos azafatos calvos y dos señoras francesas muy maleducadas en los asientos de atrás. Mi vecino de fila se echó a dormir tan pronto despegamos, reclinando el asiento al máximo. Yo lo recliné sólo un poco por respeto a las viejas. En lugar de pedirnos que los pusiéramos derechos, comenzaron a dar manotazos y golpes a los respaldos. Mi pobre vecino, dormido como un tronco, no se enteró de nada hasta que vino otro francés que viajaba con las viejas a darle dos gritos. Su cara de sorpresa recién despertado era un poema. Yo me hice la sueca con mi vieja.
Estuve viendo American Sniper, pero sin aspavientos.
Nos sirvieron la cena a las seis y media. Ensalada con mozzarella, tomate, lechuga y pepino y un pollo con arroz que picaba un poco. De postre bizcocho.
Cuando terminé de ver la película os escribí un rato.
Me entraron ganas de ir al baño, pero con el vecino dormido fue imposible.
A las 20:00 hrs nos pusieron a dormir, literalmente. Me eché la mantita roja de Iberia por encima, recoloqué mi almohada cervical, puse a cantar música barroca a unos señores que salían en la tableta táctil del respaldo de delante, me quité las gafas y me puse mi antifaz verde. A las 20:02 hrs me quité el antifaz, los auriculares, la mantita y la almohada cervical. Miré a mi inerte vecino y me armé de valor suficiente para saltarle por encima camino del baño. Ni se inmutó. Tengo que preguntarle qué droga toma.
El baño era tamaño caja de zapatos, aún tratándose del mismo modelo de avión de la ida. Volví a saltar por encima del vecino. Sabía que no estaba muerto porque de vez en cuando se colocaba la mantita porque tenía frío.
Me recoloqué toda la parafernalia no sin cierta dificultad, pues el antifaz había desaparecido en la oscuridad. Después de un rato de tantear por el suelo, apareció por fin.
Durante tres horas estuve en modo "ibernar", como los ordenadores, que no están ni apagados ni encendidos.
Fijo que mi vieja no había visto una tableta táctil en su vida. Cada vez que la tocaba era como si pulsara botones con energía, moviéndome el respaldo y dándome ganas de mandarla a la "merde".
A las 23:00 hrs nos encendieron las luces para darnos de desayunar en una caja roja que contenía un croissant, gominolas, una chocolatina y una magdalena de manzana.
Entramos en la península por Viana do Castelo.
Aterrizamos y de repente eran las 06:30 hrs de la mañana.
Tardé una hora en llegar de la T4 satélite a la zona de embarque del vuelo a Sevilla, ya que tuve que tomar el tren subterráneo, pasar control de pasaportes, volver a pasar control de pasajeros y caminar un rato. A los pasajeros de la conexión a París, la de mis viejas, los estaban esperando a la salida del finger para llevarlos sin pérdida de tiempo por algún pasadizo secreto.
A las ocho y media nos sacaron a pasear por las pistas en un autobús en busca del avión de Sevilla. Salimos puntualmente a las ocho y media. Dormí todo el camino como una bendita.
Mi taxista favorito no me estaba esperando como siempre por culpa de un mega atasco. Sólo se retrasó cinco minutos, pero por su cara parecía que me había dejado tirada dos horas.
Me invitó a desayunar en una venta cerca del aeropuerto, bien protegidos por policías nacionales y locales que llenaban sus estómagos de tostadas con jamón, tomate y aceite. ¡Qué bien y qué sano se come en España!
A las once y media me depositó sana y salva en la puerta de casa.
Después de dos semanas fuera y de haber dormido en seis sitios diferentes, por fin, hogar, dulce hogar.

“Au fond j’crois qu’la terre est ronde,
Pour une seule bonne raison…
Après avoir fait l’tour du monde,
Tout c’qu’on veut c’est être à la maison."
Orelsan

Traducción: En el fondo, creo que la tierra es redonda por una sola buena razón... Después de haber dado la vuelta al mundo, lo único que queremos es estar en casa.


Buenas tardes desde mi casita.









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