13 may. 2015

Una cateta en Nueva York (Día 5)

Seis y diez. Yessssss. Mi alma ha llegado por fin.
Bajé a desayunar a un sitio en la esquina de la calle donde te sirves como en un buffet pero pagas sólo lo que comes. La oferta es amplísima. Comí un bagel relleno de frutos rojos al que le unté queso y una crema de fresas. Delicioso. Un bagel es un donuts de pan, para los no entendidos.
A las nueve subí andando hasta la calle 53 con Lexington para coger la línea azul de metro bajando sin trasbordos hasta la calle 14, en el Meatpacking District. Fue y sigue siendo parcialmente la zona donde estaban los mataderos de Nueva York. Se nota que fue cutre con ganas. Está en plena transformación para convertirla en un lugar chic. Muestra de ello es que hay un Apple Store.
Mi objetivo principal era visitar el High Line, una vía de tren elevada que han convertido en un paseo con jardines. Que sepan que eso ya lo inventaron en San Esteban de Pravia hace años. Recorre varios kilómetros. Al principio estaba bastante tranquilo. Costaba hacerse a la idea de que estaba en pleno Manhattan. A las diez y media ya era imposible sacar una foto sin gente por medio y hacía bastante calor. Donde la línea gira hacia el río Hudson di media vuelta porque había un ruido atronador. Están construyendo nuevos edificios a ambos lados. Se perdía completamente el encanto del paseo. Bajé por el extremo sur en la calle Washington y tomé la decisión de ir andando hasta Washington Square Park, pasando por el Nueva York auténtico, con las escaleras de emergencia pegadas a las fachadas  y la gente normal y menos normal. El sujeto de la foto casi no podía andar con aquellas botas que llevaba, impropias de un día de tanto calor. Acababa de salir de un gimnasio e iba a pecho descubierto.
Washington Square está en Greenwich Village. Contiene un arco del triunfo dedicado a George Washington y está prohibido fumar. Allí descubrí que lo que compré en Harvard como botella de agua para el gimnasio es en realidad un biberón. Un crío iba bebiendo de uno muy parecido en un cochecito. Sí que había notado que la gente se quedaba mirando cuando me veían beber. La verdad es que me da igual. El biberón me ha salvado de la ruina. Con este calor tengo que beber cada dos por tres. El agua de botella está más cara que la Coca Cola. Leí por internet que el agua del grifo es perfectamente segura, así que cuando puedo relleno el biberón para satisfacer mi sed.
Descansé un rato en un banco del parque para ir a continuación andando hasta el Soho. Creo que entré en todas las tiendas del barrio. Estuve también en el enorme delicatesen Dean & DeLuca, donde haces la compra a ritmo de jazz. Entre las viandas gourmet que venden hay montones de productos españoles. El único defecto que le encuentro al local es que venden Pepsi Cola.
A la una hacía un calor tremendo y me entró un hambre canina. Por la mañana había recibido un e-mail de Mercedes recomendándome un lugar para comer hamburguesas deliciosas en la calle 56. Subí en el metro hasta la 53, porque si llego a subir andando todavía estoy en ello.
El restaurante, por llamarlo de alguna manera, está dentro de un hotel elegante, Le Parker Meridien, escondido tras una cortina negra. Es un tugurio en penumbra con las paredes pintadas de bolígrafo donde te sirven la comida en un envoltorio de papel de estraza y tienes que compartir mesa con desconocidos porque de otra manera no se cabe. La verdad es que la hamburguesa estaba para morirse. Según Mercedes, el hotel se construyó con el tugurio dentro porque el dueño se negaba a abandonar el local. No veo otra explicación más lógica.
Fui a pasear por Central Park pasando por la puerta del Ritz Carlton. Tienen colocadas unas vallas a ambos lados de la puerta para que los curiosos se sitúen detrás. Hay gente esperando para ver entrar y salir a los famosos. Justo cuando yo pasaba por delante llegó un negro enorme en chándal al que la gente empezó a llamar. Se sacaron fotos con él. Ni idea de quién era el tipo, aunque imagino que un deportista retirado. No me atreví a preguntar por no quedar como idiota. Por la emoción de la gente, alguien muy muy famoso.
En el parque di un breve paseo buscando un banco a la sombra para descansar un rato. Me quité los zapatos. Fue un momento glorioso. Después de la caminata de la mañana estaba molida.
Había gente paseando, cantando, durmiendo la siesta y una china muerta.
Salí del parque buscando un baño público que no encontré. Pensé que en Fao Schwarz, la famosa juguetería, habría uno. Después de aliviar mis necesidades estuve dando una vuelta disfrutando de los juguetes y de la sección de chuches. Vendían ositos de gominola de cinco kilos. Me pregunto cómo se les hinca el diente.
Volví a entrar en el templo de la secta porque se me ocurrió que, a lo mejor, siendo la tienda más importante, venderían los Apple Watch. Nanai de la China. Sólo por internet, Carmen.
Bajé por la Quinta Avenida entrando primero en Tiffany’s a disfrutar de la preciosa alfombra mullida del suelo y de los preciosos objetos que venden. En cada uno de los dos ascensores tienen un ascensorista de uniforme que te va relatando lo que vas a encontrar en cada planta de la tienda. A pesar de mi aspecto de turista pobre, me sonreían los dependientes como si fuera a comprarme una vajilla y una cristalería de cinco mil dólares.

Entré en la iglesia de Santo Tomás para encontrarme con una muy agradable sorpresa. El coro de niños y adultos ensayaba en ese momento para un concierto de Handel que dan mañana por la tarde. Impresionante la música e impresionante el entorno.

Una señora canadiense sentada en el banco delante de mí se volvió a darme conversación. Debo de tener cara de oficina de información y turismo, porque la gente me pregunta cosas como si fuera neoyorquina de toda la vida.
De tienda en tienda me retraté con un par de camisas en Uniqlo. Voy triunfando poco a poco.
Siguiendo recomendación de Elena, fui al Rockefeller Center para subir al Top of the Rock, el observatorio que hay en el edificio de General Electric, entre los pisos 67 y 69.
El Rockefeller es famoso por la pista de patinaje y el árbol de navidad que salen en todas las películas de navidad de Hollywood. Está compuesto por 19 edificios comerciales donde están la sede de la CBS, el Radio City Music Hall y muchas tiendas de lujo. A primera vista te pueden pasar desapercibidos los detalles, como los adornos de bronce que rodean a todos los árboles de la zona o los números de los edificios también en el suelo en bronce.
Rockefeller mandó construir el conjunto en plena Gran Depresión. Entonces le creyeron loco, pero ahí están en todo su esplendor. Durante su construcción se tomó la famosa foto de los obreros comiendo suspendidos en una viga (foto 9).
Arriba del todo hacía una temperatura estupenda y las vistas eran impresionantes (foto 10). Me senté en un banco de madera frente al Empire State a esperar a que anocheciera. Faltaba bastante tiempo, pero no me aburrí, porque la gente sube allí arriba para las cosas más peregrinas. Hubo un español que pidió que le sacaran una foto poniéndose boca abajo, un individuo que se colocó una máscara de unicornio (foto 11) o una pareja de novios con todo su séquito de familiares recién salidos de la ceremonia.
Observé que más de la mitad de los turistas llevaban sospechosamente zapatillas Nike recién estrenadas.
La espera mereció la pena. Las vistas quitaban el aliento (foto 12).
Llevaba un rato soplando aire fresco, de modo que no me quedé mucho tiempo más después de anochecer. Volví al hotel sobre las nueve y media. No me gusta andar de noche sola por ahí, pero, como decía Frank Sinatra, Nueva York es la ciudad que nunca duerme.
Buenas noches desde Manhattan.






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