14 nov. 2016

Una cateta en alta mar (Día 12)

A pesar de haber dormido sólo tres horas y cuarto, a las seis estábamos despiertas tirándonos las almohadas. En el camarote había cinco almohadas, como si sobrara el espacio.
Ayer por la tarde encontramos sobre la cama un sobre para cada una con instrucciones para el desembarque. Siendo cuatro mil personas a bordo entre pasaje y tripulación, es increíble que no haya aglomeraciones ni sensación de multitud en ningún momento. La logística para sacarnos del barco ordenadamente implica que cada pasajero tenga unas etiquetas con un color y un número indicando a qué hora puede salir del barco dependiendo de estas referencias. 
En el sobre también nos pedían que dejáramos el equipaje en la puerta del camarote a medianoche para no tener que desembarcarlo personalmente. Ni María ni yo hicimos caso. Sumando la ropa de la cena, el pijama y el neceser, no era posible meterlo todo en el equipaje de mano. Además, al bajar del baile, según íbamos parando dejando gente en las distintas cubiertas, nos encontramos a un ejército de filipinos metiendo equipajes en carros como si se tratara de balas de pajas, cuidado cero.
Mi maleta pesó 21 kgs. Mi tío Jose me regaló por mi cumple un artefacto súper práctico para pesar equipajes. No me extraña el aumento de peso con respecto a la ida. Llevo casi dos kilos de chocolate que me trajeron de Suiza y de Turquía.
Desayunamos en el Lido con Laura. Probamos un croissant relleno de chocolate con avellanas que estaba espectacular. Y pensar que esta noche tirarán decenas de esos croissanes a la basura. ¡Qué lástima y qué hambre me está entrando en este momento.
A las ocho y media cerré la maleta, nos despedimos, me puse en la cola de las etiquetas azules y salí del barco con destino a la cola de inmigración. La actitud de los policías en la terminal de cruceros es totalmente distinta a la de los que trabajan en los aeropuertos, donde te miran con cara de elemento sospechoso. Eso de venir de Las Bahamas te da una pátina de glamour.
Tardé más de media hora en salir. Tal y como nos instruyó Nicki ayer, declaré el papel con las semillas. El policía me llevó a una sala donde un oficial de aduanas me estuvo haciendo preguntas sobre el origen y el destino del papelito. Me preguntó cuántas pasajeras llevábamos las semillas encima. Cuando le dije que unas 250, me contó que hasta el momento era la segunda persona que las había declarado. Me las devolvió y me dejó marchar. Toda la conversación, tanto con el de inmigración como con el de aduanas, fue en un tono amistoso.
Mientras yo pasaba por todo este proceso, Alex se tuvo que ir con Karin, Jeanne y Parker sin esperarme. No cabíamos en el tanque con tanto equipaje. Quedamos en que iría a su casa por mi cuenta. Intenté tener mi primera experiencia Uber, pero me fue imposible pedir el coche porque mi tarjeta de crédito ha dejado de funcionar. No es porque la haya quemado comprando, hay alguna otra misteriosa razón. Gracias a Yasmina de Suiza, que me lo pidió usando su cuenta, pude salir de allí.
El conductor me fue contando por el camino que tiene un primo millonario que tiene una pared de cristal separando el garaje de su casa para poder ver el Ferrari desde el sofá. Ahora que lo pienso, no sé a santo de qué me contó esa historia.
En casa de Alex me tomé una Pepsi de cereza. A pesar de ser Pepsi, estaba bastante rica.
Nos sentamos en el embarcadero a ver corretear a las iguanas por la casa de la difunda de enfrente. Digo corretear porque cuando se enfadan meten el turbo persiguiéndose unas a otras. 
Parker se marchó enseguida. Tenía por delante cinco horas de coche hasta Jacksonville. 
Alex nos propuso ir a dar una vuelta en un taxi boat por los alrededores. El marido, además de tener un gato y ser escocés, es un santo. Nos llevó en tanque hasta el embarcadero. Allí tuve el placer de ver de cerca a una iguana de verdad. Ni se inmutó cuando me acerqué a sacarme una foto con ella. También casi tuve el placer de que me cayera un cagallón de iguana en el hombro. Estaba subida a una palmera justo encima de mí cuando soltó la bomba. Me pasó a un milímetro de la tragedia. De verdad, hubiera sido una tragedia.  Era una plasta verde potente y consistente.
Durante el paseo en barco nos fueron enseñando las casas de los millonarios con gusto y con gusto cero. Yates de todos los tamaños navegaban o estaban atracados delante de las mansiones.
Nos bajamos cerca de la playa para ir a Hooters.
Vas a vivir tu primera experiencia Hooters, me dijo Alex. Hooters significa tetas. Hooters es una cadena de restaurantes llena de pantallas de televisión donde emiten deportes. Las camareras llevan camisetas blancas ajustadas y unos pantalones rojos que cubren lo justo. Alex pidió 40 alitas de pollo que nos tuvimos que llevar para comer en su casa por falta de tiempo.
Karin, Jeanne y yo nos fuimos en un Uber al aeropuerto de Fort Lauderdale. Tras despedirnos y dejarlas allí, la conductora me acercó a la estación de Tri-Rail, un tren que circula desde Palm Beach hasta el aeropuerto de Miami.Intenté sacar el billete con la tarjeta de crédito en una máquina expendedora. Por supuesto, no funcionó. Encontré un billete sin picar que un alma caritativa dejó colocado para que una afortunada como yo lo aprovechara.El tren pasó a las tres de la tarde, dejándome en destino cuarenta minutos después.
Pude facturar la maleta a pesar de las horas que faltaban para el embarque.
Cuando esperaba en la cola para el control de pasaportes, apareció una miembro de WISTA Holanda. Iba con el abrigo puesto aunque hacía temperatura para manga corta. Le pasa como a mí, que la maleta le encoge a la vuelta aún no habiendo comprado casi nada.
Me hicieron quitar los zapatos y pasar por un escáner corporal, pero no me detuvieron.
Perdí de vista a la holandesa en la cola.
Di una vuelta por las dos lamentables tiendas de la terminal. Alguien me asaltó por la espalda: Kathi Stanzel de INTERTANKO y Julie de WISTA UK. Las acompañé a su puerta de embarque, donde también estaba Rachel.
Volvieron a asaltarme por la espalda. Judy, de República Dominicana estaba con su socio y su marido esperando el vuelo para Santo Domingo.
Cuando dejé a las inglesas me senté con los dominicanos. Su vuelo se retrasó una hora.
Apareció Lena de Suecia al cabo de un rato con una alemana.
A las siete y media nos despedimos.
En mi puerta de embarque había un grupo de peregrinos camino de Roma. Hicieron un círculo y se pusieron a rezar en voz alta.
Más de una hora antes de embarcar estaba la mayoría de pasajeros de pie haciendo cola delante del mostrador. Una jovencita alemana sentada junto a mí me preguntó: "Perdona, ¿por qué hacen cola?" A lo que contesté: "Typical Spanish".
A las diez y veinticinco de la noche despegamos de Miami, diez minutos antes de la hora.
Buenas noches desde el cielo






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