4 nov. 2016

Una cateta en Florida (Día 2)

Desde que me acosté a las diez de la noche hasta las tres de la mañana pasaron muuuuuuchas cosas.
Mi habitación está en una especie de reservado junto a otra, con tan mala suerte que la otra estaba ocupada por la profesora de un grupo de estudiantes que hablan a voces y se ríen de la vida hasta las tantas. Todo esto lo descubrí sin salir de la cama. Llamaron a mi puerta, llamaron a la puerta de la profesora. Uno de ellos hablaba tan alto que me parecía que lo tenía sentado en la cama conmigo.
Salieron y volvieron de fiesta.
Estoy a una calle de Ocean Drive. He descubierto que aquí la gente no duerme. Hay carreras de coches, carreras de motos y un aparato de aire acondicionado al costado del hotel que suena como cuando el avión despegó en Barajas. Ahora ya no lo oigo, forma parte de mi mundo.
Voy a buscar una armería. Me voy a comprar una escopeta con mira telescópica. Esta noche se van a callar todos más temprano. Aquí no hay problema para salir de compras.
A las tres se hizo un relativo silencio. La profesora recibió una visita masculina a esa hora.
Aguanté en la cama hasta las seis de la mañana. Nada mal para lo que son mis jet lags.
Bajé a desayunar a las ocho porque no daban de desayunar más temprano. Ni rastro de cucarachas. El desayuno consistía en hacerse unos gofres o comer bagels o tostadas. El zumo de naranja sabía a Tang. Para untar, mantequilla o crema de queso.
Me senté a desayunar con unas alemanas porque no había sitio para todos en mesas separadas. Como estábamos masticando, no pudimos hablar mucho.
A las nueve menos cuarto salí a la calle con el uniforme de turista. Tengo las piernas un poco blancas, y es que no salían a la calle desde septiembre del año pasado.
Hacía una temperatura estupenda, pero estaba súper nublado.
A las nueve y veinte subí a un autobús turístico para hacer las tres rutas disponibles. El guía del primer autobús era cubano. Durante las tres primeras paradas nos dio información en español porque éramos todos hispanos, hasta que subieron a bordo dos alemanas. Entonces tuvo que contarnos las cosas en inglés también.
Nos regalaron a cada uno un poncho de plástico para cubrirnos de la lluvia. Según el guía, en Miami no llueve, caen gotas de sol.
Cada poco nos decía: “Tree, tree” para que bajáramos la cabeza y así no morir decapitados por las ramas de los muchos árboles que había por el camino. No he explicado que los autobuses que hacen esas rutas turísticas son antiguos buses ingleses con el techo de la planta superior cortado para ir sentados arriba como si estuviéramos en una terraza.
Si hubiera sido un día de sol me hubiera achicharrado allí arriba. No me mojé porque coloqué estratégicamente la capucha cuando cayó la mundial. Es muy divertido ir a toda velocidad con la lluvia cayéndote encima, muy divertido.
Como no hay mucho que ver, en el autobús te cuentan que éste es el único Burger King de los Estados Unidos donde se sirve cerveza, o éste es el taller de tatuajes que sale en un programa de la tele, o aquí se hospedó Marilyn cuando se casó una de las veces que se casó. Creo que fue cuando se casó con el boxeador, pero no me acuerdo.
También nos iban enseñando las casas donde viven los famosos, como Gloria Stefan, Julio Iglesias o Justin Beaver que, por cierto, da un concierto aquí el día de Nochevieja, por si a alguien le interesa venir.
Tenía pensado bajarme en Coral Gables para ver la casa donde vivía mi tío Fernando, pero como estaba a punto de ponerse a llover y en Coral Gables no tienes donde resguardarte porque son todo casas con jardines, pensé que era mejor quedarme con las ganas. Acerté, porque cuando llegamos a la calle 8, que es la calle principal del barrio cubano, nos cayó un chaparrón importante. Tampoco me bajé porque no me hizo gracia, no porque fuera peligroso, sino porque lo vi un poco desangelado.
En la ruta que iba hacia el acuario cruzamos un puente muy largo quedando  completamente a la intemperie. Hacía tanto viento en ese momento que si llego a llevar peluca la pierdo. Las vistas eran muy chulas.
En otra de las rutas el guía hablaba español como los demonios. Soy incapaz de repetir las barbaridades que dijo. Me acuerdo que citó a los negros como “las personas de colores”. El mismo era negro.
En la zona del centro de Miami circulamos entre los rascacielos.
Doy Miami por vista. Os podéis ahorrar la visita. En la tele se ve muy bien.
A las tres de la tarde me di cuenta de que no había comido nada desde el desayuno. Compré un rollo de pollo, queso, lechuga y maíz junto con una Coca Cola normal. No encuentro Coca Cola de cereza, no la encuentro.
Esto de que quieren eliminar los refrescos de la dieta de los americanos me parece muy bien, pero primero tendrán que bajar el precio del agua embotellada, que sale más cara que una Cola.
Hay Fantas de todos los colores pero no hay Coca Cola de cereza.
Después de comerme el rollo subí andando hasta Lincoln Road por Ocean Drive. Había una marcha alucinante para ser las cuatro de la tarde.
Saludé a una pareja de Gijón sentada terminando de comer. No los conocía de nada, pero como él iba con la camiseta del Sporting y yo con una que ponía “Gijón es de primera división” hubo ahí un momento de encuentro sobrenatural inexplicable.
Lincoln Road es una calle peatonal con edificios bajos de tiendas a ambos lados, palmeras en el centro y muchas terrazas de bares y restaurantes. De uno de ellos salía la voz de Niña Pastori a todo volumen.
No faltaba allí el Apple Store, donde estuve disfrutando de mi futuro iPhone 7. Sí, me he comprado un iPhone 7. Está encargado desde hace un mes aquí para que me salga más barato. El martes o el miércoles me lo entregan.
Estuve en Forever 21, una tienda que me descubrió Mercedes cuando estuvimos en Canadá. Me compré una camisa y un jersey a muy buen precio.
A la puerta de una tienda de cremas me paró un sujeto. Cuando me di cuenta estaba metida en la tienda sentada en un trono con el sujeto sosteniendo una jeringuilla. Cuando estaba a punto de decirle “a dónde vas, Camarón”, me explicó que no me iba a inyectar nada, que se iba a echar en los dedos la crema que salía de la jeringuilla y me la iba a extender alrededor de un ojo para que viera su efecto milagroso. Efectivamente, desaparecieron las arrugas de alrededor del ojo, como esos videos que circulan por Facebook de gente que rejuvenece de repente. Es verídico, lo testifico. Bueno, era, porque a estas horas vuelvo a tener las mismas arrugas en los dos ojos. Me pidió trescientos dólares por llevarme el milagro a casa. Mira, chaval, prefiero quedarme con mis arrugas.
Después de ver todas y cada una de las tiendas de Lincoln Road y enterarme de que tengo a una tal Josefa la Grilla sentada en el hombro diciéndome que no necesito comprarme unas zapatillas Nike nuevas, fui a echar un vistazo a la playa. En toda la tarde no llovió nada, pero las nubes no dejaron de pasar por encima. Sólo durante un rato tuve que ponerme las gafas de sol.
Mientras hacía tiempo, entré en una tienda de souvenirs para informar sobre el material disponible. Tremendo, tremendo. No se salva absolutamente nada.
A las siete y media me encontré para cenar con Elpi, miembro de WISTA Grecia que llegó esta tarde. Estuvimos en una terraza de Lincoln Avenue comiendo japonés. Luego estuvimos de tiendas. Sí, estuvimos de tiendas a las nueve y media de la noche. Aquí no se duerme, ya os lo dije.
Nos estuvimos probando ropa de la colección cápsula que Kenzo ha creado para H&M. Es la monda. ¡Qué pena que las fotos estén en el teléfono de Elpi, porque os ibais a reír un rato!
A las diez y media nos despedimos. Volví andando hasta el hotel bajando por Ocean Drive. Ahora entiendo los ruidos de la pasada noche. Hay un ambiente en la calle que lo flipas. Acaba de pasar por aquí debajo un coche con la música a toda pastilla que me ha dejado medio sorda.
La profesora y los alumnos se han marchado. Acaba de llegar una pareja de alemanes a ocupar la habitación. Han dejado las maletas y han salido a la calle.
Me río del jet lag. He aguantado el día perfectamente sin sufrir ni un poquito.
Buenas noches desde Miami Beach.

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