16 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York y Washington, día 8)

Ayer antes de acostarme no tenía ni voz ni tenía nada. Hoy me levanté a las seis y media y ya podía hablar un poco mejor.
Bajamos a desayunar a las nueve tranquilamente.
Subimos a cerrar las maletas y nos fuimos a Penn Station en un taxi con un conductor con cara de catador de vinagre. Debió de creer que íbamos al aeropuerto cuando subimos y se encontró con el chasco de que nuestro destino era sólo unas manzanas más abajo.
Una vez en la estación, buscamos las taquillas y sacamos los billetes. Nos pidieron el pasaporte como si fuéramos a viajar en avión.
Nos sentamos en el suelo a esperar la hora de nuestro tren. Estuvimos jugando con nuestros respectivos iPads gracias al wifi de la estación.
A las once y treinta y cinco salimos con rumbo a Washington en un tren amplísimo con enchufes. Eramos las únicas extranjeras en el vagón. Primer contacto con la auténtica América.
Me ha dado pena dejar Nueva York. Ha sido un agradable descubrimiento. Es una ciudad limpia, segura y amable. No me hubiera importado quedarme seis o siete meses más.



A la una pasamos por Filadelfia. Luego por Wilmington (Delaware), y Baltimore, ¡oh, yeah! El paisaje por el camino era bastante frondoso. Lástima que no tengamos diez o doce días más para visitar los pueblos de los alrededores.
Vimos muchas casas construidas en madera, de esas que cuando viene un tornado se las lleva por delante junto con las vacas y los coches. Mucha bandera americana colgando de las fachadas.
A la una y media fui a explorar por el tren en busca de algo para comer. Muchos iPads por el camino. Encontré el vagón restaurante. Servían pizzas, perritos calientes y hamburguesas con queso almacenadas en cajas. Me incliné por un par de sándwiches de pavo y queso, por si acaso. Volví a nuestro vagón y comimos.
A las tres y diez llegamos a Washington. Union Station, construida en estilo beaux arts, es monumental. Al salir a la calle tuvimos que hacer cola un rato para tomar un taxi con destino a nuestro hotel. Cuán diferente el paisaje. Ni rastro de rascacielos. Sólo grandes avenidas con edificios bajos.
Nos tocó otro taxista avinagrado. No le gustó la propina que le dimos, así que se bajó del taxi, nos dijo que no estaba contento y nos dejó allí con el maletero abierto, metiéndose en el hotel no sé para qué. Sacamos las maletas del maletero por nuestros propios medios y entramos a registrarnos. Estupendo hotel de estilo americano con unos pasillos larguísimos y anchísimos. Una habitación con dos camas enormes y microondas. Para rematar, en recepción nos invitaron a limonada con galletas. Galletas caseras de 10 cm de diámetro.
La cisterna del cuarto de baño es como la del hotel de Nueva York. Cuando tiras, succiona como las de los aviones y los trenes. Las expresiones “se ha caído por el agujero” o “se lo ha tragado el váter” deben ser traducciones del inglés. Estoy segura de que si tiras de la cisterna mientras estás sentado, la succión te hará desaparecer por el agujero. Patricia tiene prohibido hacer una prueba empírica al respecto.
Deshicimos el equipaje y salimos a dar una vuelta por los alrededores. A poca distancia se encuentra Chinatown, pero no un Chinatown chino cochino como el de Nueva York. Este tiene cierto estilo, tranquilo y limpio. Starbucks y MacDonalds tenían sus carteles escritos en inglés y en chino.
Dejamos Chinatown a nuestra izquierda y caminamos por la calle 7. Aquí las calles tienen nombres o números. Sólo unas cuantas avenidas tienen derecho a un nombre como es debido, como el caso de Pennsylvania Avenue, que es donde vive el negro que manda.
Estuvimos en la Cop Shop (tienda para policías) donde vendían todo tipo de curiosos artefactos relativos a la profesión policial. Llevo desde que llegué intentando adquirir una navaja para sustituir a la requisada hace unos días. No hay manera. Aquí la gente no se apuñala. Pensé que en esta tienda algo tendrían. No me va a quedar más remedio que buscar una armería.
Un Porsche descapotable conducido por un negro con tres rubias llevaba la música a todo volumen. En España hubiera sido música chundachunda. Aquí sonaba Frank Sinatra.
Durante todo el paseo sólo encontramos a una pareja de turistas japoneses. El resto de los viandantes eran americanos 100%. Ahora estamos conociendo la América verdadera.
Entramos en una tienda donde Patricia volvió a comprar. Al ir a pagar con la Visa, la dependienta le pidió un documento de identidad. Sacó su DNI. A la dependienta se le iluminó la cara al ver que vive en Sevilla. Ella había pasado cuatro meses en el barrio de Triana en su época de estudiante.
En otra tienda tuvimos la oportunidad de ver un curioso espécimen de dependienta.
Para cenar nos decidimos por unos sándwiches de langosta. Hace unos días vimos en televisión un reportaje sobre el dueño de Luke’s, un chico que decidió abrir este negocio al ver que sus amigos iban perdiendo sus trabajos en Nueva York por culpa de la crisis económica. El sándwich estaba delicioso, absolutamente delicioso.
Volvimos al hotel temprano y ahora estamos disfrutando de nuestras enormes camas.
Buenas noches desde Washington.

15 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 7)

Cinco de la mañana. Despierto. Seis y media de la mañana. Despierto. Mi yo interior y mi yo de fuera mantienen una lucha a brazo partido y me tienen hecha polvo. Entre eso y el catarro de garganta, me levanté hecha unos zorros. Patricia no me hizo ni puñetero caso y se quedó durmiendo hasta las siete y media. Yo estuve jugando con mi iPad mientras tanto.
Bajamos a desayunar a las ocho y media. Estaba el comedor a rebosar de españoles.
Salimos a la calle a las nueve. La entrada del hotel parecía la puerta de El Corte Inglés de Preciados. Todos españoles por los alrededores.
Tomamos el metro hasta Brooklyn, y atravesamos el puente a pie hacia Manhattan.
Aprovecho el momento para explicaros por qué Manhattan se llama Manhattan. Un holandés muy listo que se llamaba Peter Minnewit les compró a los indios una isla llamada Mana-ha-ta con baratijas por valor de unos 24 dólares. Esa es toda la historia.
El puente está en obras. Ahora están trabajando en la mitad más cercana a Brooklyn. El paso peatonal y de bicicletas está situado sobre el de vehículos, con el suelo de madera.
Spiderman nos observaba subido a uno de los cables de acero.
Al llegar a Manhattan nos sentamos un momento a descansar en una placita y tomamos el metro hasta Grand Central Station. En una de las estaciones subió un pandillero negro con un brazo y la nariz ensangrentados. Se sentó enfrente de nosotras. Lo que más parecía preocuparle es que habían caído gotas de sangre en sus zapatillas de deporte moradas.
Bajamos en Grand Central Station y caminamos por la calle 42 hasta los edificios de la ONU. Pasamos por el edificio del Daily News. En el interior, Clark Kent correteaba detrás de Lois Lane.
El edificio alto de las Naciones Unidas está en obras. Lo han dejado en el esqueleto de la mitad hacia abajo. Nos acercamos a sacarnos fotos con la escultura de la pistola con el cañón hecho un nudo, regalo de Luxemburgo a la institución.
Al desandar el camino andado, paramos en el Chrysler Building, otro de mis edificios favoritos. El dueño de la marca de coches lo mandó construir en los años 20. La aguja art decó representa el radiador de un choche. Sólo se puede visitar el vestíbulo.
Tomamos el metro de nuevo en Grand Central Station y fuimos hasta Times Square. Entramos en varias tiendas de aparatejos en busca del encargo extraño de este viaje. Tengo que comprar un telémetro. En una de las tiendas me preguntaron si era para jugar al golf. No, es para matar a distancia. La persona que me ha hecho el encargo no es violenta, es que le gusta ir de cacería. Bueno, una vez quiso matar a su jefe y se tuvo que conformar con darle un puñetazo a la pared, rompiéndose la mano. Pero eso no se lo tenemos en cuenta porque, ¿quién no ha querido matar a su jefe alguna vez?
Subimos un momento al hotel y buscamos en internet algún sitio en los alrededores donde sirvieran la tarta de queso que ayer no pudimos probar. Como dice Patricia, fuimos hasta Sebastopol en su busca y resulta que a unos metros del hotel existe un restaurante típico americano donde la especialidad es esa tarta. Allá fuimos a comer, detrás del Paramount. Es el sitio donde las fans de Frank Sinatra en blanco y negro lloraban y gritaban cuando entraba a actuar el cantante. Ahora el local está ocupado por el Hard Rock Café.
Volviendo a la comida, estos días casi siempre estamos compartiendo plato, porque sirven unas raciones brutales. Hoy se nos fue un poco la olla y pedimos uno cada una con la intención de compartir los dos. Lo de la izquierda es medio sándwich de pastrami, típico neoyorquino. Lo de la derecha es un bagel con salmón y queso de untar. Es típico judío. Comimos con música de crooners de fondo. Frank Sinatra, Dean Martin, Harry Connick Jr. Un crío sentado con sus padres comió un perrito caliente de un tamaño descomunal acompañado de patatas fritas.
Al salir de comer nos dirigimos hacia la Quinta Avenida cruzando por la calle 44, donde están el New York Yacht Club, el Harvard Club of New York y el Hotel Algonquin. Aquí era donde Dorothy Parker y su círculo vicioso celebraban sus tertulias.
Estuvimos viendo los escaparates de las tiendas caras de la Quinta Avenida. Cartier ocupa un edificio entero en una esquina.
Entramos en la iglesia de Santo Tomás, de estilo gótico francés. Es de principios del siglo XX. También le hacen falta 300 años para alcanzar el nivel de grandeza, ya que apunta maneras. El retablo profusamente esculpido es alucinante, lo mismo que las vidrieras laterales.
Empezó a llover cuando llegábamos al MOMA (Museo de Arte Moderno). Cierra los martes, pero lo que a nosotras nos interesaba realmente era la tienda del museo, cargada de objetos originales e interesantes.
Al salir de allí, fuimos andando hasta Bloomingdale’s, unos grandes almacenes elegantísimos en la tercera avenida. Allí fue donde Patricia pasó a ser un caso irrecuperable. Nos abordó una dependienta negra y nos llevó a la zona de cosmética, donde otra dependienta la sentó en una silla y le hizo un lavado de cara con productos de la casa Borghese.
Bloomingdale’s es la tienda que da esas bolsas marrones de papel tan curiosas.
Salimos de la tienda sobre las seis de la tarde. Tomamos el metro hacia Times Square y nos acercamos a Junior’s, el restaurante de esta mañana, a comprar la tarta de queso que no nos cupo en el cuerpo después del sándwich de pastrami y el bagel de salmón.
Nos pararon en un semáforo dos canis de Cádiz preguntando dónde podían encontrar un centro comercial, que acababan de llegar y no sabían a dónde ir. Yo es que alucino con la gente. Salen por el mundo a lo loco.
Patricia cumplió su último capricho neoyorquino. Eso que se ve en la foto es ella paseando en pijama junto a Times Square.
Nos comimos la deliciosa tarta de queso con frambuesas y empezamos a preparar el equipaje. El mío fue cosa de minutos, porque vine con la maleta casi vacía y no he comprado prácticamente nada. Lo de Patricia ya es otra cosa. Sudaba intentando colocarlo todo dentro de su maleta. ¡Lo que ha comprado esta mujer! Ya lo digo, la voy a devolver irrecuperable.
Ya no nos queda nada por visitar y hemos visto casi de todo. Nos ha faltado ver un coche de policía con dos policías dentro comiendo donuts y una persecución policial con o sin tiroteo. Estuvimos tentando a la suerte en Harlem pero no se dio la ocasión. Lástima.
Hemos visto jovencitas comprando los trajes para su fiesta de graduación, mendigos como los que salen en las películas pero sin carro de la compra, una señora con un gorro de ducha en la cabeza para protegerse de la lluvia, yuppies de Wall Street, gente de todas las razas, colores de pelo y peinados.
Buenas noches desde Nueva York.

14 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 6)

Parece que ya tengo medio engañado a mi yo interior. Hoy me dejó dormir hasta las cinco y después hasta las siete y cuarto. Amaneció un poco nublado, pero con perspectivas de mejorar durante el día, como así fue.
Me levanté con la garganta un poco áspera. Catarro a la vista. Es que ayer cogí un poco de aire en las alturas.
Mientras Patricia se duchaba, me hice la manicura, sin chinos de por medio.
Desayunamos como todos los días, pero esta vez al lado de dos madrileños que venían a una reunión de negocios. Idiotas perdidos.
A las nueve y media salimos a la calle con destino al Apple Store de la Quinta Avenida y un ataque de nervios. Me recibió una chica negra en la puerta, encantadora, amabilísima, pero sin iPads. Me dijo que lo intentara a lo largo de la mañana, que la pista para saber que habían llegado sería una cola fuera de lo normal en las cajas.
Todas las tiendas abren a las diez de la mañana, excepto el Apple Store, que está abierto las 24 horas, pero sin iPads.
Fuimos hacia Tiffany’s, a unos metros de distancia. Holly Golightly desayunaba un croissant y un café con leche mientras observaba el escaparate con detenimiento a través de sus oscuras gafas de sol.
Patricia quiso emular la famosa imagen de Audrey Hepburn, así que fuimos cargando desde el hotel con un vaso de cartón con un croissant dentro para sacarse la foto de rigor. No éramos las únicas. Unas cuantas chicas desayunaban bocadillos envueltos en papel de aluminio justo a nuestro lado. Muy poco estilo.
Aún estaba cerrada la tienda, así que anduvimos hasta la Nike Store, que visitamos tan pronto abrió. De allí volvimos a Tiffany’s. Entramos, ¿cómo no íbamos a entrar? Vimos el mismo brillante que llevaba la chica que ayer se estaba haciendo la manicura cerca del Flatiron Building. Ningún objeto tenía el precio puesto. Es de mal gusto.
Salimos cabizbajas, tan pobres como entramos. Para levantarnos la moral entramos en FAO Schwarz, la famosa juguetería, detrás del Apple Store, al cual me asomé. Ni rastro de los iPads. Lo primero que hicimos fue buscar el piano en el suelo. Allí estaba Tom Hanks tocándolo como un loco. Nosotras también, pero nos obligaron a quitarnos los zapatos.
Había peluches con forma de poni, de jirafa, de perro gigante. Indiana Jones, la Estatua de la Libertad y Jack Sparrow hechos con piezas de lego a tamaño natural. Mentira, la estatua de la libertad estaba hecha a tamaño humano. Caramelos y gominolas de todas clases. Citratos rojos gigantes. Una sección dedicada a Harry Potter, con el uniforme del colegio, el gorro de jugar a quidditch, el sombrero seleccionador. Un futbolín de Barbie. Verídico, los futbolistas eran Barbies de verdad. Marionetas de los teleñecos customizadas. Nos sacamos fotos con todo, absolutamente todo.
Nueva visita al Apple Store. Me atendió un chico blanco no tan optimista como la chica negra de hacía un rato. No tenía muy claro si los iPads iban a llegar hoy. Acababa de atender a dos españoles que se marchaban hoy mismo. Pobres, sin iPad.
El sur de Central Park está enfrente de todos los sitios que acabo de mencionar. Como parecía que no iba a llover, decidimos hacer la visita al parque. Lo primero que vimos al entrar fue una ardilla con la cabeza metida en una bolsa de papel, sacando un muffin de dentro. Aquí a las magdalenas las llaman muffins, pero son mucho más grandes. Metes una en la boca y te absorbe los jugos gástricos. Hay que tener mucho cuidado de no fallecer durante la ingestión. El riesgo se corre con gusto porque están deliciosas. A la ardilla le dio igual que estuviéramos diez personas sacándonos fotos con ella, como si fuera una artista de cine.
Caminamos en dirección norte, buscando la fuente Bethesda y el Bow Bridge, que salen en muchas películas ambientadas en Nueva York.
Había muchas niñeras paseando a críos pequeños, y un grupo de diminutos que apenas andaban formando parte de un campamento de verano en Central Park. Las madres los deben de soltar en el parque por las mañanas al cuidado de unos chicos que no me merecían mucha confianza.
Unos metros después llegamos a Strawberry Fields, una zona con vegetación de muchos sitios y fresas, donado por Yoko Ono en homenaje a su marido porque a poca distancia lo mataron. La Yoko lo mandó a comprar el pan y un loco le pegó un tiro en la puerta de casa. Vivían en el Edificio Dakota, donde se rodó La Semilla del Diablo. Cierto que el edificio tiene un aspecto ligeramente siniestro. Los inquilinos son muy especiales. Hace poco, Antonio Banderas intentó comprar un apartamento y la junta de vecinos lo vetó.
Salimos del parque a la altura del Dakota. Seguir andando más al norte es como firmar tu sentencia de muerte.
Anduvimos varias manzanas hasta el Lincoln Center, un grupo de edificios que contienen la Metropolitan Opera House, el Lincoln Center for the Performing Arts y una concha para conciertos al aire libre.
Tomamos el metro hacia el Soho. Ya que no había iPads en la tienda de la Quinta Avenida, decidí dejarme de rollos e ir a una tienda como Dios manda a comprarlo.
Comimos en un restaurante muy agradable frente a la parada del metro.
Fuimos al Apple Store de la calle Prince, y allí me hice con mi tesoro. Mío, sólo mío. Unos chicos muy amables nos atendieron. Nos llevaron a la primera planta y allí probamos que todo iba bien. ¡Mi tesoro! Salí del Apple Store con mi iPad debajo del brazo, dispuesta a comerme el mundo. Ya puedo morir tranquila.
Estuvimos recorriendo todas las tiendas de la zona, de ambiente modernillo. Compramos, compramos, compramos.
Entramos en una tienda de ultramarinos enorme, que se llama Dean & DeLuca, donde puedes comprar a ritmo de jazz cualquier delicatesen que se te pueda ocurrir.
Se nos antojó tarta de queso como las que se comen en las películas, así que cogimos el metro hasta la calle 23 y anduvimos un rato largo por el barrio de Chelsea hasta el Empire Diner, uno de esos restaurantes de aluminio que salen en las películas de los años cincuenta. Sorpresa desagradable. Lo han reconvertido en restaurante con pretensiones. No tenían batidos de vainilla ni tartas ni nada que nos apeteciera en aquel momento. Volvimos sobre nuestros pasos, nos arrastramos hasta la boca de metro más próxima y volvimos al hotel como pudimos, haciendo una parada para comprar la cena. Nos tiramos en la cama a recuperar la posición correcta de nuestros riñones, nos pusimos el bañador y bajamos a la piscina en el bar, a la sauna y al baño turco. Un poco mejor, subimos, cenamos y me voy a la cama ya, ya, ya, sin ni siquiera sacar el iPad de su caja. No puedo con mi cuerpo.
Buenas noches desde Nueva York.

13 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 5)

A las cuatro y veinte desperté muy preocupada con el asunto de la reja de la catedral de Valladolid. ¿Quién fue el capullo que se la vendió a Hearst? ¿A quién hay que matar en Valladolid? Hay que estar como una cabra para traerse desde España semejante artefacto, porque mira que es grande la reja. No, Hearst no estaba muy bien. Por algo sus últimas palabras fueron para un patinete.
Otra cosa que se trajo de Europa fue un relicario de un santo con hueso dentro, procedente de una iglesia en la Toscana. Está expuesto en el Metropolitan sin ningún tipo de reverencia.
Todos estos pensamientos me mantuvieron despierta un buen rato, hasta que me quedé dormida de nuevo. Desperté a las seis y media y me levanté, nos levantamos.
Desayunamos con cierta prisa y salimos pitando hacia Harlem, para asistir a una misa góspel en la Abyssinian Baptist Church. Tomamos el metro en Times Square hasta la calle 135. El público que iba en el vagón daba que pensar.
Llegamos a Harlem a las nueve y diez. Varios negros enchaquetados nos indicaron que teníamos que dar la vuelta a la manzana y situarnos en una cola para poder asistir al servicio de las once de la mañana. Eso hicimos, y allí estuvimos dos horas y media. No se nos hicieron largas porque pudimos disfrutar de la fauna autóctona que pasaba por allí. Certifico que los negros que salen en las películas son de verdad. Pasaban señoras negras con sus mejores galas. Vimos a una anciana arrugada sacada directamente de una película. Patricia dice que se parece a ET. Un par de negros venían cada veinte minutos a echarnos una bronca y a obligarnos a estar contra una pared en filas de dos en dos. Uno de ellos era un post-adolescente-gordito- nerd que disfrutaba con la situación.
Me dieron recuerdos para ti, Raúl.
Patricia y yo éramos los turistas 91 y 92 de la cola. A las doce menos cuarto estábamos ya a punto de entrar cuando vino el negro-gordito-nerd y nos dijo que lo sentía mucho pero que ya no cabía nadie más porque era un día especial y había muchos fieles dentro. Me salió del alma: “Me voy a cagar en su puta madre”. Ninguno de los negros enchaquetados nos dijo que podría pasar lo que pasó. Se nos quedó a todos cara de idiotas. Suerte que la Guardia Civil me quitó la navaja en el aeropuerto la semana pasada, que si no lo mato allí mismo.
Patricia y yo salimos de allí zumbando camino del metro. Sólo nos faltaba que apareciera un coche negro cargado de negros y nos pegaran un tiro.
Bajamos hasta la calle 14 y entramos en otro mundo: Greenwich Village. Aquello no es Nueva York. Callecitas con casas de tres plantas, arbolitos, poco tráfico, gente sin prisa. ¿A quién nos encontramos en la calle Christopher? Al mismísimo Mark Vanderloo y señora. Todavía me tiemblan las piernas de la emoción. Nos pasaron por delante y entraron en la tienda de la foto. Patricia y yo los seguimos con la menor discreción posible y les sacamos quinientas fotos. Está un poco avejentado, pero sigue conservando todo su atractivo.
Entramos en un agradable restaurante a tomar el brunch. Brunch es la unión de las palabras “breakfast” y “lunch” (desayuno y comida). Los sábados y domingos la gente sale a comer temprano, haciendo las dos cosas en una. Tengo que confesar que nosotras hicimos trampa, porque desayunamos. Comí unos huevos benedictine con salmón y salsa holandesa absolutamente deliciosos.
Greenwich Village es, entre otras cosas, el barrio gay de Nueva York. En el restaurante había un par de grupos de hombres homosexuales. Una pareja en la mesa junto a la nuestra tenía edad como para haber fundado el barrio.
Al salir de comer dimos una vuelta por la zona. Buscamos la casa de la serie Friends y nos sacamos varias fotos.
Metro de nuevo hasta la calle 28 para visitar el Flatiron District. Al salir a la superficie nos vimos sorprendidas por un tremendo ambientazo. En Madison Square se estaba celebrando una fiesta patrocinada por una casa de productos de barbacoa de Texas. Todo el mundo estaba tirado en la hierba comiendo y escuchando la música que tocaba un grupo en un escenario.
Uno de mis tres edificios favoritos de Nueva York se encuentra en ese lugar, el Flatiron Building. Cuando se terminó de construir en 1903, era el más alto del mundo. Dicen que, debido a su curiosa forma rectangular, se provocan corrientes de aire en la esquina. Los caballeros de la época solían apostarse en las inmediaciones para ver cómo se levantaban las faldas de las señoras al pasar.
Paseamos por la zona para ver los edificios con porche y rejas de hierro que rodean Gramercy Park, una plaza ajardinada sólo accesible a los residentes.
Patricia ha venido a Nueva York dispuesta a experimentar cosas que ve en las películas. Una de ellas era hacerse la manicura y pedicura en un local especializado. Hoy encontramos uno que parecía salido de un episodio de Sexo en Nueva York . Entramos a cumplir su sueño. Yo me negué a pasar por aquello, así que me senté a observar la maniobra. Todas las empleadas eran orientales. Tenían también a un chino pintando uñas con pincel. El chino, vestido de rosa, ponía tanto interés como si estuviera pintando un jarrón chino. La clientela era de lo más variada. Estábamos nosotras, una ultrapija con un anillo con un diamante inmenso, una pareja de novios haciéndose la manicura, un señor grandísimo haciéndose la pedicura y un chico que se depiló las cejas. No eran gays, es que son de Nueva York.
Cuando terminaron de pintarle las uñas a Patricia, la sentaron a una mesa y pulsaron un botón. Se puso en marcha un mecanismo de ventilación para secarle el esmalte de las uñas y los pies. Simultáneamente, una oriental practicaba un masaje en los hombros de Patricia. O yo soy muy de pueblo o todo aquello era el colmo de la sofisticación.
Una vez cumplido el sueño de Patricia, subimos caminando por la Quinta Avenida en dirección al hotel. A mitad de camino nos encontramos con el Empire State. Como el tiempo estaba mejor que ayer y se veía todo el edificio, hasta la punta de la antena, decidimos subir. Nos encantó. Nos llevaron en ascensor hasta la planta 80 y subimos andando hasta la 86 para evitar la cola del segundo ascensor. Impresionantes vistas, simplemente impresionantes.
Cary Grant miraba impaciente el reloj, esperando la llegada de Deborah Kerr.
Tras disfrutar del panorama volvimos a bajar seis pisos andando hasta el 80. Desde allí bajamos en un ascensor que iba tan rápido que los números de la pantalla descendían de diez en diez. Se nos taponaron los oídos. Al ir llegando a la planta baja se produjo un suave frenazo que causaba una sensación extraña en el estómago.
Seguimos caminando por la Quinta Avenida y a la altura de la calle 45 nos acercamos al hotel a descansar media hora. Salimos de nuevo y bajamos hasta el Radio City Music Hall, desde donde accedimos otra vez a la Quinta Avenida.
Entramos en la catedral de San Patricio, que es enorme y muy bonita, pero que necesita trescientos años más para llegar a la categoría de impresionante. En la pequeña tienda de la catedral nos atendió un chico que hablaba muy bien español. Reproduzco el diálogo de besugos que mantuvimos:
- Dependiente: Me encanta su acento. ¿Españolas?
- Patricia y yo: Sí.
- Dependiente: Mi novela favorita es española; la mejor novela del mundo.
- Patricia y yo: ¿Cuál?
- Dependiente: ¿No saben cuál es la mejor novela del mundo en español?
- Patricia y yo: ¡El Quijote!
- Dependiente: Noooooo, Amor en tiempos revueltos. La ponen por las tardes aquí.
- Patricia y yo: ¡Ahhhhhh!

Salimos de allí muertas de la risa.
Seguimos bajando por la Quinta Avenida. Chanel, Cartier, Versace, Louis Vuitton, Harry Winston, Salvatore Ferragamo. No faltaba ninguno. Todas las tiendas exclusivas están en ese tramo de la calle, hasta llegar al Central Park. Antes, Rockefeller Center. Como no hace frío, no está la famosa pista de hielo que sale en todas las fotos de Navidad en Nueva York. Lo sustituyen por una terraza con cafeterías. Se ve más pequeña en vivo y en directo.
Al llegar a la altura de Central Park ya tenía el corazón disparado, porque sabía que me iba a encontrar enseguida con el cubo de cristal de Apple. El templo de la sabiduría, la catedral de la tecnología estaba allí, y yo dentro. Agarré del cuello al primer dependiente que encontré. Muy guapo y simpático, por cierto. “Quiero un iPad”, le dije. Porque yo no he venido a Nueva York a ver la Estatua de la Libertad y a subirme en el Empire State. Yo he venido a comprarme un iPad en el cubo de cristal del Apple. Lo demás es secundario. “No nos quedan”, me dijo. Allí mismo estuve a punto de cometer un Applecidio. “He venido expresamente desde España a comprármelo”, le dije. “Lo sé”, contestó. “El camión de reparto viene todos los días por la mañana y a las pocas horas desaparecen. Tienes que venir mañana sobre las diez”. Así que mañana sobre las diez este cuerpo humano va a estar allí a comprarse su iPad.
Salimos y ya había oscurecido, y hacía hambre, así que buscamos un Deli para comprar la cena. Las tiendas de ultramarinos se llaman “Deli”. Son esas que salen en las películas, que entra un individuo con una media de señora en la cabeza y un arma en la mano. El individuo apunta al propietario del Deli, que es coreano y tiene un rifle debajo del mostrador. Se produce un baño de sangre y de la trastienda sale la viuda del coreano, que no habla inglés y no hace más que dar gritos y hablar en coreano a los policías que vienen a resolver el caso.
En la zona de Manhattan donde estamos son un poco más sofisticados que los de las películas, pero es más o menos la idea.
Volvimos al hotel y cenamos. Patricia ya duerme desde hace rato. ¡La tía! No sé cómo lo hace. Pone la cabeza en la almohada y ya está muerta. Esta se toma algo, seguro.
Está empeñada en que salgamos a la calle en pijama como prueba empírica de que aquí nada importa. Hoy vimos a una chica paseando a su perro en un cochecito y nadie la miraba excepto nosotras.
Eso es todo por hoy. Voy a ver si se me contagia algo de Patricia.
Buenas noches desde Nueva York.

12 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 4)



Desperté a las cuatro menos cuarto y hablé seriamente con mi yo interior para que me dejara dormir un rato más. Me dio tregua hasta las seis menos cuarto. Fui buena y no hice ruido para no despertar a Patricia. A las seis y media fui muy mala y empecé a hacerlo. Nos levantamos, bajamos a desayunar y a las ocho y media salimos a la calle.
Amaneció un día horrible, lluvioso y fresco, así que decidimos modificar nuestro plan inicial y dedicar la mañana a visitar el Metropolitan Museum. Mucho Nueva York y mucho cuento, pero pasa exactamente igual que en casa. Llega el fin de semana y se fastidia el tiempo.
Tomamos el metro en la calle 42 y llegamos a la calle 86 haciendo transbordo en Grand Central, la estación de tren. Subimos a ver el vestíbulo principal, dominado por tres enormes ventanas y una bóveda decorada con estrellas del zodiaco.
Un cochecito de bebé caía por la escalera principal ante la mirada asustada de Elliot Ness y sus hombres.
Al llegar a la calle 86, caminamos un poco y llegamos a la Quinta Avenida, donde se encuentra el museo, junto a Central Park. En todos los portales de las casas hay un portero mirándote desde dentro, vigilando que no vayas a hacer una trastada con las flores de la entrada o a quemarle el toldo que llega desde el portal hasta el borde de la acera. No vimos a ningún propietario salir o entrar. Deben de estar todos pasando el fin de semana en Los Hamptons, que es la playa a la que van los pijos de Nueva York. Eso sí, no se han llevado a los perros consigo. Vimos a una paseadora con varios perros de aguas repeinados.
La escuela “María del Monte” ocupa uno de los edificios de la avenida.
Había una pequeña cola en la puerta del Metropolitan, que abrieron a las nueve y media. Pasamos toda la mañana allí dentro, hasta que a las dos de la tarde tuvimos que salir absolutamente saturadas de arte. En ese momento el vestíbulo estaba a rebosar de público.
Estos americanos son la pera. Crearon este museo por pura envidia de los grandes museos europeos. Se trajeron todo lo que pudieron. Hay templos egipcios, momias, estatuas griegas y romanas, armaduras procedentes de Europa y Japón, pintura renacentista, flamenca, contemporánea. Y lo peor de todo, la reja completa del coro de la catedral de Valladolid. ¿Cómo rayos ha llegado esa reja al Metropolitan Museum de Nueva York? Lo he buscado en internet. Parece ser que el magnate W.R. Hearst se dedicó en su tiempo a comprar como un loco. Se trajo castillos y obras de arte del viejo mundo, cuando a las leyes sobre protección del patrimonio histórico se las pasaban por el forro. Entre ellas está nuestra reja.
Me encantó ver en persona cuadros de Hopper, mi pintor americano favorito, y tres cuadros de Vermeer, entre ellos “Mujer con aguamanil” que se hizo famoso gracias al libro “La joven de la perla”.
Llovía y hacía viento, y nosotras sin paraguas. Fuimos andando hasta el Guggenheim para sacarnos una foto dentro y fuera. Patricia compró un paraguas a un vendedor ambulante que nos habló en perfecto español. Es cierto eso que dicen de que en Nueva York se habla casi tanto español como inglés. Es muy gracioso oír hablar Spanglish. En la misma frase hay trozos en español y en inglés, o una persona habla en inglés y la otra le contesta en español.
Caminamos hasta Madison Avenue y encontramos un pequeño restaurante para comer. Pedimos hamburguesas con queso. Creo que no he comido nunca una hamburguesa tan sabrosa. Era enorme, como todo aquí. En la mesa de al lado tres señoras elegantes comían. Llegó un chico con una raqueta de lacrosse acompañado por su abuela. Lacrosse es el deporte más pijo que existe.
Decidimos dedicar el resto de la tarde a compras para mojarnos lo menos posible. Macy’s fue nuestro destino. Son los grandes almacenes más grandes del mundo. Ocupan un edificio en la calle 34, esquina con Broadway. Hablando de Broadway, no sé cómo lo hace esa avenida, que vayamos a donde vayamos, acabamos pasando por Broadway. Atraviesa Manhattan de norte a sur en diagonal, así que es fácil dar con ella.
El Empire State es tan alto que las nubes ocultaban su parte superior.
Patricia triunfó en Macy’s. Yo no tanto. He venido con la maleta vacía y me temo que me la voy a llevar un poco más llena.
Estuvimos en varias tiendas y luego nos sentamos en una cafetería a beber algo. Hace mucha sed en este pueblo.
Subimos caminando hasta Times Square. Cualquier día me voy a romper la crisma. En lugar de mirar al suelo me dedico a mirar para arriba, a los rascacielos.
Al entrar en la calle 45 me encontré con tres conocidos de Huelva. Mira que es grande Nueva York, pues me los tuve que encontrar.
Son las diez menos cuarto. Patricia ya está metida en el sobre y yo voy a darme una ducha y hacer exactamente lo mismo, que mañana hay que madrugar para ir a misa.
Buenas noches desde Nueva York.

11 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 3)

Desperté a las tres y cuarto, volví a dormirme y volví a despertar a las seis. Patricia despertó también, así que nos levantamos. Bajamos a desayunar a las siete, con menos ansia que ayer pero con similar resultado.
Hoy es Santa Margarita, Reina de Escocia. Felicidades, mamá.
A las ocho y media ya estábamos en la calle, camino de la Zona Cero, donde se encontraban las Torres Gemelas. Fuimos en metro hasta Chambers St. Al llegar al World Trade Center eran las nueve en punto, la misma hora en que se cometieron los atentados. Circulaban por allí cientos de personas camino del trabajo. El ruido de la construcción de los nuevos rascacielos era atronador. No paraban de pasar camiones hacia y desde la construcción, todo perfectamente coordinado por decenas de policías de tráfico que controlaban el paso de coches, peatones y camiones. Dentro de la obra, regaban las ruedas de los camiones antes de salir a la calle para evitar ensuciar los alrededores.
Caminamos rodeando toda la zona. En la pared de un edificio, un cartel con las fotos de todos los bomberos que fallecieron en el atentado, una placa, varias banderas americanas y ramos del flores en el suelo. Al lado, un mural en bronce dedicado a las víctimas.
Llegamos a un pequeño puerto deportivo en el río Hudson. Un remanso de paz comparado con el estruendo anterior. Unos cuantos yates y los barquitos de una escuela de vela contrastaban con los enormes edificios de cristal. Un grupo de personas hacía tai chi siguiendo las instrucciones de un oriental.
Tras descansar allí unos minutos, volvimos sobre nuestros pasos y tomamos el metro hasta Fulton St. Anduvimos unos metros y llegamos a Seaport. Varios barcos de vela enormes están allí atracados. La zona está llena de cafés y tiendecitas. En una de ellas dos negros enormes llevaban katanas de juguete que no paraban de sacar y meter en su funda mientras hablaban con la dependienta. Digo de juguete, pero las hojas tenían un palmo de largo, así que nosotras salimos de allí como quien no quiere la cosa, sin llamar la atención. Ya he dicho que no quiero volver con agujeros.
El puente de Brooklyn se divisaba al fondo. Está en obras. Una parte se encuentra cubierta por una lona blanca. La idea de construir el puente fue de un ingeniero alemán que cruzaba de Brooklyn a Manhattan con frecuencia y un día se quedó atascado a mitad de camino por culpa del hielo.
Woody Allen y Diane Keaton estaban sentados en un banco charlando sin parar.
Al terminar la visita, volvimos al metro y fuimos hasta Canal Street, la calle principal de Chinatown. Chinatown está llena de chinos, de tiendas chinas, de puestos de comida china y de repugnantes olores chinos. Hasta el MacDonalds tiene el letrero en chino. Little Italy está por allí también. Los chinos les están comiendo terreno poco a poco. Una pena.
Hay muchos restaurantes en Little Italy. Eran las doce cuando andábamos por allí, así que nos sentamos a comer una ensalada y una pizza en uno.
Al salir, bajo un sol de justicia, estuvimos viendo escaparates de tiendas, como el de una de caramelos, donde se exponían chanclas de caramelo.
He descubierto que a las tiendas de ropa de segunda mano las llaman ahora “vintage”. ¿A quién pretenden engañar?
Volvimos a Chinatown y a sus chinos para adentrarnos en el Soho. Es curioso. Sales de una calle y al entrar en otra estás en otro mundo completamente diferente. Gente más moderna, con los ojos redondos, tiendas de diseño, cafés encantadores. Nos sentamos en uno a beber un refresco y a refrescarnos también por fuera gracias al aire acondicionado.
Vimos las casas de hierro colado de Greene Street. En la puerta de una de ellas estaba apoyada una bicicleta con una funda de ganchillo puesta.
A las tres de la tarde, habiendo cumplido con los objetivos del día, decidimos ir de compras. Junto al World Trade Center hay un centro comercial que se llama Century 21, bien conocido por los turistas porque venden ropa de marca de temporadas anteriores a precios de escándalo. Y allí fuimos y triunfamos. Patricia más que yo, porque cuando marcaron el precio de un polo divino de la muerte, salió 2,95 dólares. La dependienta, que también se dio cuenta del error, dijo: “Me da igual”, y le cobró 2,95.
En los probadores de la tienda reinan tres dependientas que te mangonean a su antojo y te dan órdenes que cumples sin rechistar, no vaya a ser que no te dejen entrar a probarte las gangas que llevas en la mano. Tienen prohibido dejar pasar con ropa interior, así que Patricia se probó sus nuevos sujetadores de Calvin Klein encima de la camiseta. Lástima de foto. No anduve lista.
A las siete volvimos a Times Square, otra vez en metro. Nos hemos sacado un bono de siete días con viajes ilimitados, al cual le estamos sacando bastante rendimiento.
Entramos en la juguetería Toys’R’us. Hay una noria tamaño natural dentro. En la sección de Barbie tienen Barbies y Kens de todo tipo, metidos en una casa gigante de Barbie. Los tienen con los personajes de Crepúsculo, de Mad Men, de Dinastía; Barbies vestidas de todas las profesiones imaginables, de Estatua de la Libertad.
En la sección de Lego tienen un Empire State, un edificio Chrysler y una Estatua de la Libertad hechos de piececitas de Lego.
Agotadas fuimos a sentarnos a una cafetería para tomar algo. Hace mucha sed en este pueblo. Estamos todo el día bebiendo. Menos mal que no nos da por el alcohol.
Pedí Coca Cola de cereza. Ayer probé la de vainilla y fue una gran desilusión. Me quedo con la de cereza.
Compramos la cena en un sitio junto al hotel. Pedimos dos sándwiches, uno de roastbeef y el otro de pavo. La comida, como todo, es a lo bestia. Nos pusieron dos trozos de pan, y entre ellos tres dedos de lonchas de fiambre. No pudimos con todo.
Patricia ya está mirando para dentro y yo en breve. Hoy me he encontrado mucho mejor. Parece que voy engañando a mi yo interior. Que no se entere de que son las cinco menos cuarto de la madrugada. Cree que son las once menos cuarto de la noche.
Hasta mañana. Saludos desde Nueva York.

10 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 2)

A las dos de la madrugada desperté porque eran las ocho de la mañana. Me obligué a dormir un rato más. En este mundo sin persianas se filtra la misma luz por las rendijas de las cortinas tanto de día como de noche. Así de brutal es la iluminación de los rascacielos por las noches. Tenemos frente a nuestra ventana el edificio de Barclays. Es una mole de cristal negro que de noche se vuelve azul claro, con las letras del nombre en blanco.
A las cuatro y cuarto, Patricia y yo estábamos charlando como si fueran las diez y cuarto. Nos dimos un par de horas más en la cama, pero a las seis menos diez ya no aguantamos más y nos levantamos.
A las siete bajamos como locas a desayunar. Llevábamos sin comer nada desde las cinco de la tarde. Unos enormes bagels rellenos de pavo y queso fueron nuestras víctimas principales. Los bagels son como dónuts pero hechos de pan.
A las ocho y media salimos a la calle. A unos cien metros del hotel está Times Square, esa plaza donde hay muchos anuncios luminosos y donde celebran fin de año. Un marinero besaba apasionadamente a una enfermera para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El programa “Good Morning, America” se emite desde allí. El presentador estaba en plena calle saludando a los viandantes, que armaban jaleo para salir en antena. Tomamos el metro en la calle 42 y bajamos hasta el extremo sur de Manhattan. Tenemos programado visitar la ciudad por sectores, de norte a sur. Dejaremos el Bronx sin ver porque no queremos volver con agujeros.
Ya hacía bastante calor a esa hora. Nos bajamos en Whitehall St., junto al magnífico edificio de la aduana, de estilo clásico. Caminamos hasta Battery Park, donde nos sacamos una foto junto a la gran bola metálica que recuperaron de las ruinas del World Trade Center y que han dejado en el estado en que la encontraron, con golpes y roturas.
Nuestra intención era tomar el ferry hasta la Isla de Ellis y desde allí ver la Estatua de la Libertad en la distancia. No existe esa posibilidad. Tienes que ir en el ferry hasta la Estatua y luego hacer una segunda parada en la Isla de Ellis. No nos importó mucho acercarnos a saludar a Miss Liberty. La encontré un poco chaparreta. Esperaba una señora algo más estilizada. Cuando llegamos allí ya hacía un calor terrible. Mientras esperábamos el ferry para pasar a la Isla de Ellis, llegó un barco procedente de New Jersey. Bajaron varias familias de estas que van vestidas como de La Casa de la Pradera. La señora de la foto me miró con cara de pocos amigos cuando pasó a mi lado.
La Isla de Ellis era la puerta de entrada a América para los emigrantes procedentes de Europa a principios del siglo XX. En un enorme edificio se les hacía exámenes médicos y personales antes de darles acceso al país o mandarlos de vuelta a casa. Casi casi como a mí ayer en el aeropuerto, pero en versión analógica. En la Isla de Ellis no les sacaban las huellas digitales en una pantalla ni les hacían una foto con una webcam.
Han restaurado recientemente todas las dependencias y exponen imágenes y recuerdos de la época. Puedes incluso buscar datos de tus antepasados si pasaron por allí.
Hacia la una y media volvimos en el ferry hacia Manhattan. Protagonizamos la escena friky del día. A petición de una de mis lectoras, que hubiera querido hacer este viaje con nosotras pero no ha podido ser, tuvimos que escuchar en el iPod la canción de la banda sonora de “Armas de mujer” cantada por Carly Simon.

Nos sentamos un momento en Battery Park a descansar. Tienen wifi gratis en los parques, alucina.
Desde allí caminamos hacia Wall Street, parando en el toro de bronce de Arturo di Módica para sacarnos una foto. Vimos el edificio de la bolsa por fuera y volvimos a tomar el metro en dirección a Times Square. Comimos unos sándwiches en una cafetería y nos fuimos al hotel, a ducharnos porque estábamos pegajosas como caramelos y a descansar un rato.
El hotel, que no os he hablado todavía de él, es el Room Mate Grace. Pertenece a un pijo de Madrid que se llama Sarasola. El y su marido tienen una cadena de hoteles super gays y super modernos. Patricia conocía el de Málaga y yo el Room Mate Oscar de Madrid. Por eso elegimos éste en Nueva York. Es tan original que tiene la piscina en el bar y el mostrador de recepción parece una tienda de ultramarinos. Está lleno de españoles. Vas en el ascensor y parece que estamos en Valladolid.
Después de descansar, volvimos a salir a la calle con la intención de ver las tiendas de los alrededores. Lo primero que vimos en Times Square fue un señor en calzoncillos tocando la guitarra. Aparentemente es una presencia habitual en la zona. No sé quién lo patrocina, si Calvin Klein o calzoncillos Ocean, pero el caso es que todo el mundo te habla del tío de la guitarra.
Entramos en la tienda Disney y Patricia compró varias cosas para un señor de 40 centímetros que conoce.
Siguiendo sabio consejo de mi compañero de trabajo Marcelo, entramos en la tienda de M&M’s, que son los Lacasitos americanos. Al entrar ya huele a Lacasitos. Venden todo tipo de objetos relacionados con los chocolates. Un M&M con un señor dentro se pasea por la tienda saludando a los clientes. Tienen unos dispensadores de chocolate con todos los sabores habidos y por haber.
Como no quedamos satisfechas, cruzamos la calle y entramos en la tienda de chocolates Hersey’s donde había mucho chocolate pero ningún señor metido dentro de una tableta de peluche. No es una marca que me entusiasme. Siempre me pareció que sabían a chocolate caducado.
A las seis de la tarde mi yo interior me dijo: “Tú crees que me engañas, pero aunque sea de día y no hayas cenado, son las doce de la noche”, así que me dio por bostezar y querer irme a la cama.
Entramos en Levi’s y en GAP a echar un vistazo. Al salir a la calle me cayó una gota de lluvia en un ojo tan gorda tan gorda que casi me ahogo. Dimos marcha atrás espantadas, lo mismo que otros cientos de personas que gritaban por la calle, porque llovía con una mala intención impresionante. Estuvimos guarecidas en el hall de GAP unos quince minutos, hasta que paró de llover. Entramos en la misma cafetería donde comimos y compramos algo para la cena. De allí fuimos al hotel a paso de tambor. Volví a ducharme otra vez, cenamos y aquí estoy, levantando los párpados con pinzas de la ropa para no quedarme dormida mientras os escribo.
Hasta mañana.

9 jun 2011

Una cateta en la Gran Manzana (Nueva York, día 1)

Cuando Patricia me propuso hacer este viaje juntas, lo primero que me advirtió es que posiblemente tenga gafe con Nueva York. Su segunda visita a la Gran Manzana tuvo lugar en 2003 y a su llegada se produjo aquel gran apagón que duró 24 horas. La verdad es que no me preocupé mucho. Otra cosa hubiera sido que le hubiera tocado aquí el 11 de Septiembre. En ese caso, no la hubiera traído conmigo ni loca. Lo mismo me tira abajo el Empire State, y eso levanta mucho polvo, que ya lo vimos la otra vez en la tele.
Ya viví la experiencia de viajar con un gafe no hace mucho con motivo de una excursión a esquiar en Sierra Nevada. Fuimos seis amigos y yo. Nos pasó de todo, de todo. Fue una experiencia que nos curtió y dejó una marca indeleble para el resto de nuestras vidas. No hemos vuelto a ir a ningún sitio juntos. Desde entonces me comporto como el perro de Pavlov. Cada vez que emiten una prueba de esquí alpino en televisión lloro desconsoladamente.
Patricia vive en Sevilla, así que decidí ir a dormir a su casa ayer para evitar el madrugón esta mañana. Salí en el portacatetos de las cinco de la tarde y me recogió en la estación de autobuses al poco rato de llegar. Dejamos mi equipaje en su casa y salimos a hacer las últimas compras para el viaje. Cenamos unas tapas en Los Remedios y nos acostamos alrededor de las once. Me costó dormirme de la emoción.
A las siete de la mañana sonó el despertador. Nos arreglamos en un pis pas y a las ocho y cuarto salimos en dirección al aeropuerto. Nos llevó Jorge, un amigo muy simpático de Patricia. Hola, Jorge, que sé que me estás leyendo.
Accedimos a la zona de pasajeros sin mayor incidente. Aprovecho, hablando de incidentes, para contar lo que me sucedió el viernes pasado. Tuve que ir a Valencia y volé con Ryanair. No facturé maleta. Como son tan estrictos en cuanto al tamaño del equipaje de mano, pedí prestado un trolley/mochila a unos amigos cuyos nombres no voy a facilitar, porque el mío es demasiado grande. Cuando lo abrí en casa para llenarlo, me encontré con unas bragas negras dentro. Limpias, estaban limpias. Bien, el caso es que, al pasar el control de equipajes en Sevilla, me mandaron ir a una mesa aparte tras una breve conversación entre los guardias civiles. Un guarda jurado muy suavemente me dijo: “Lleva usted una navaja en la maleta”. En unos pocos segundos, mis pensamientos fueron, en este orden:
1- Chaval, tú estás flipando.
2- Bragas, navaja. Me voy a cagar en los muertos, Pepe.
3- La navaja es mía, “cachis en diez”.
Siempre llevo una navaja en el neceser, que me ha sacado de más de un apuro. Al volver de Estambul no lo vacié, sabiendo que en pocos días iba a tener el viaje a Valencia y luego a Nueva York, así que quedó allí dentro abandonada. Me despojaron de ella y la tiraron en un cubo de basura. Mi navaja, que llevaba conmigo más de 20 años. ¡Snif!
Nuestro avión con destino Lisboa salió a las 11:20 hrs y llegamos a Lisboa a las 11:10 hrs. No es que hiciéramos un viaje en el tiempo, es que en Portugal tienen una hora menos. El avión era uno de esos aparatos diminutos con forma de supositorio donde todo el mundo tiene que andar encorvado para proteger su cabeza.
Nos sirvieron un aperitivo consistente en un bocadillito de pollo, una gelatina de piña con trocitos de fruta y un refresco. Lo trajeron tan tarde que me encontré aterrizando en Lisboa con una Pepsi Cola en una mano y el recipiente de la gelatina en la otra. Pasamos por encima de la ciudad a muy poca altura, así que disfrutamos de una vista estupenda.
Al aterrizar vimos un avión de las líneas aéreas de Mozambique. El símbolo en la cola era una cabra. No creo que me pillen comprando un billete para ir a Maputo.
Tan pronto entramos en la terminal, nos encontramos con que nuestro vuelo a Nueva York estaba retrasado para las 16:20 hrs. Pacientemente recorrimos una a una las tiendas del aeropuerto. En una zapatería vimos los preciosos zapatos de goma que se observan en la foto 1. Si alguien los quiere, que me lo diga y a la vuelta se los compro.
Pasamos el control de pasaportes y buscamos la zona de embarque, donde nos sentamos a descansar un rato en unas comodísimas butacas. Fueron llegando con cuentagotas los pasajeros del vuelo. La verdad es que esperaba un poco más de glamour. Los tres primeros eran aldeanos portugueses como recién salidos de una película de Paco Martínez Soria. Una señora incluso hizo acto de presencia con una bolsa de cuadros propia para ir al mercado a comprar lechugas.
Hacia la una, hora portuguesa, empezamos a sentir hambre y fuimos a comer un bocadillo a la cafetería. En una de las mesas estaba sentado un señor mayor con una botella de medio litro de Matteus vacía. Junto a él, una silla de ruedas plegada. Al cabo de un rato se levantó y fue al mostrador arrastrando una pierna y un brazo. Volvió con un camarero detrás que le llevaba una bandeja con una botella de medio litro de vino tinto y una copa. No tardó el señor en cepillarse la botella. Llegó una pareja de jóvenes portugueses que se sentaron junto a él en la mesa. Por la conversación descubrimos que el señor era francés y que llevaba una buena cogorza encima. Al cabo de un rato, un empleado del aeropuerto vino a recogerlo para llevarlo a su avión. Lo ayudó a subir a la silla de ruedas pensando que el señor estaba muy impedido, cuando lo que estaba era muy borracho.
Habiendo perdido nuestro entretenimiento principal, nos fuimos a la puerta de embarque a hacer tiempo. Tuvimos que pasar otro control de seguridad. Aleatoriamente cacheaban a los pasajeros y les hacían abrir sus equipajes de mano. Nosotras pasamos sin ser detenidas, pero con los norteamericanos se ensañaron. A una chica la obligaron a beber de las dos botellas de agua que llevaba encima para demostrar que no era nitroglicerina o ácido sulfúrico, supongo. A otros les hicieron encender los ordenadores para demostrar que no se trababa de bombas de relojería.
El número de aldeanos portugueses se fue diluyendo entre los turistas y los hombres de negocios.
En la zona de embarque hacía un frío terrible.
A las 15:50, hora portuguesa, empezamos a embarcar. Patricia y yo hicimos el check-in por internet ayer por la noche, así que pudimos escoger dos asientos junto a una puerta de emergencia. Eso te garantiza que no habrá ninguna fila de asientos justo delante, para estirar las piernas a gusto.
Resumen del vuelo:
16:30 (Portugal), 17:30 (España), 11:30 (Nueva York). Despegamos.
17:00 (Port), 18:00 (Esp), 12:00 (NY). Zzzzzzzzzz.
17:15 (Port), 18:15 (Esp), 12:15 (NY). Reparten un formulario para el control de Aduanas. Es la cuarta vez que relleno los mismos datos desde que decidí hacer este viaje. Sospecho que intentan pillarme en un renuncio.
17:30 (Port), 18:30 (Esp), 12:30 (NY). Aparece una azafata con arroz con pollo y chorizo, ensalada de garbanzos, natillas con sabor a goma y un vaso de Pepsi Cola. El arroz con pollo entra a gusto, no porque esté rico, sino porque está caliente. Desde que despegó el avión, estamos envueltas en unas mantas rojas que nos entregaron. Frío que te cagas.
18:00 (Port), 19:00 (Esp), 13:00 (NY). Reparten auriculares para ver una película.
18:10 (Port), 19:10 (Esp), 13:10 (NY). No es una película. Son noticias en portugués.
19:00 (Port), 20:00 (Esp), 14:00 (NY). Partida de Scrabble en el iPad de Patricia. Me mete una paliza mortal.
19:15 (Port), 20:15 (Esp), 14:15 (NY). Comienza una película de Adam Sandler que no vemos porque odiamos a Adam Sandler.
19:30 (Port), 20:30 (Esp), 14:30 (NY). Zzzzzzzzz.
19:45 (Port), 20:45 (Esp), 14:45 (NY). Que paren esto, que yo me bajo.
20:00 (Port), 21:00 (Esp), 15:00 (NY). Probamos todos y cada uno de los juegos en el iPad de Patricia.
20:30 (Port), 21:30 (Esp), 15:30 (NY). Tengo el culo cuadrado.
21:00 (Port), 22:00 (Esp), 16:00 (NY). ¿Cuánto falta?
21:30 (Port), 22:30 (Esp), 16:30 (NY). El señor del asiento de atrás ronca como un cerdo.
21:45 (Port), 22:45 (Esp), 16:45 (NY). Es la sexta vez que el niño de tres filas más atrás va al baño. ¿Qué rayos hace en el baño?
21:57 (Port), 22:57 (Esp), 16:57 (NY). Se me cierran los ojos. Es hora de dormir. Sin embargo, en el exterior brilla un sol radiante. Patricia ha empezado a mirar para dentro.
22:07 (Port), 23:07 (Esp), 17:07 (NY). La gente está empezando a ponerse nerviosa. Vuelve el niño al baño.
22:09 (Port), 23:09 (Esp), 17:09 (NY). Yo me tomaría una Coca Cola. ¡Ah, no, que es Pepsi, y de botella de litro! Dicen que nos van a servir un refrigerio. A ver si es verdad. Aunque sea una Pepsi de botella de litro.
22:30 (Port), 23:30 (Esp), 17:30 (NY). Sándwich de queso con aceitunas destrozadas y viruta de nuez. Estamos comiendo muy raro hoy, ¿no?
23:40 (Port), 00:40 (Esp), 18:40 (NY). Aterrizamos en el aeropuerto de Newark. Al acercarnos he podido ver en la distancia el Empire State y la Estatua de la Libertad.
Salimos del avión en dirección al control de Aduanas, la parte más temida por mí porque me han contado historias de todos los colores. Nos pusimos en la cola y pudimos ver que los funcionarios eran bastante amables pero muy estrictos. La familia del niño del cuarto de baño fue separada en dos. A la madre y a una hija las dejaron pasar sin problemas. Al padre, al niño del baño y a otra hermana los metieron en una sala. Patricia pasó sin mayor problema. A mí me preguntó el funcionario mi profesión. Al contestarle: “Shipping”, me miró, cerró el pasaporte y gritó: “Escolta”. Vino un señor muy grande y me metió en la misma sala que al niño del baño y familia. A Patricia le indiqué por señas que siguiera adelante, recogiera el equipaje y me esperara. En la sala había muchas sillas en fila y un mostrador muy alto donde estaban varios policías. Sudores fríos. Si me deportan me muero. No pasaron ni cinco minutos cuando uno de ellos dijo mi nombre mal dicho con acento hispano. Me levanté como un resorte y me dirigí hacia él con la mejor de mis sonrisas. Sólo me faltó decir: “A sus órdenes”. Me preguntó cuántos días iba a estar aquí, en qué sitios y si había venido sola. Respondí rápidamente, me miró, tomó un sello, lo estampó en el pasaporte y me despidió. Salí de allí echando viruta, por si se arrepentían. Corrí a buscar a Patricia, que ya estaba con las dos maletas y muy tranquila. Pasamos otro control de equipajes por si llevábamos algo de comida en la maleta. Allí estaba Sofía Loren con una mortadela de ocho kilos discutiendo con los funcionarios de aduanas.
Tomamos un tren hasta Penn Station y desde allí un taxi al hotel, muy cerca de Times Square, en la calle 45. Por el camino se desató mi versión más cateta. Saqué la cabeza por la ventanilla del taxi y no paré de mirar hacia arriba, a los rascacielos. Vi un momento el Empire State, iluminado en azul claro y rosa, y el edificio Chrysler. Emoción, gran emoción.
Llegamos al hotel en un momento. Al abrirse el ascensor, salió una chica en bikini. Aquí puede pasar de todo. En el bar del hotel se estaba celebrando una mini fiesta de negros de esos que salen en las películas, que andan raro, llevan sombrero y zapatillas de deporte enormes.
Nos duchamos y, mientras escribo esta crónica, Patricia ya está más muerta que viva. En España son las cuatro de la madrugada. Aquí las diez de la noche.
Un saludo desde Nueva York.